A las seis llegó don Claudio, como todos los días... Y también en don Claudio vio Bermúdez algo de sospechoso y de alarmante: también miraba y hablaba con recelo, como si anduviera a media luz en el terreno que pisaba. No parecía sino que iba a una visita de duelo, y que intentaba conocer el estado de los ánimos para acomodar al de ellos el temple del suyo propio. ¿Cuándo se había visto cosa igual en el despreocupado comandante?
—Hoy nos quedamos sin paseo, don Claudio—habló Bermúdez sin quitarle ojo para no perder el más mínimo gesto de su amigo—; digo, me quedo yo.
¡Ni la menor señal de extrañeza en don Claudio Fuertes! ¡Como si le pareciera excusada la noticia!
—Pues lo siento,—respondió algo retrasado, pero maquinal y fríamente.
—Nieves anda algo malucha hoy... y no saliendo ella...
Tampoco le sorprendió esta otra noticia al señor don Claudio Fuertes. Como si contara ya con ella, dijo muy sosegadamente a su amigo:
—Cosa de nada, por supuesto, sin consecuencias...
—Un dolor de cabeza—repuso don Alejandro, mirando de hito en hito al otro—, que cogió esta mañana...
—¿En dónde?—preguntó don Claudio después de carraspear.
—En el paseo—respondió Bermúdez, sin dejar de mirar a su amigo—. Le alargó algo más que de costumbre, y volvió un poquito sofocada.