—¿De dónde?

—¡De donde!... Pues ¡canástoles! del paseo; ¿no se lo estoy diciendo a usted?

—Quería yo decir que por dónde había paseado.

—Pues por donde acostumbra cuando yo no voy con ella: por estas alturas... hasta el Miradorio... Primero habíamos paseado juntos por la costa hacia la mina... Yo la dejé leyendo en la Glorieta, y me vine a casa a despachar mi correspondencia atrasada... Cuando acabé, al mediodía, la vi entrar en su gabinete, de vuelta del paseo y muy apurada, porque no sabía que era tan tarde... Por lo visto se enfrascó en la lectura; y con la agitación y el sobresalto... y el sol... ¡Si yo la contaba en casa dos horas hacía!

Aquí ya se reanimó don Claudio y volvió a su tono y maneras habituales:

—En resumen—dijo a su amigo—, que por efecto del paseo, o del sol, o de su apuro por creer que estaba usted con cuidado, o por un poco de cada cosa, Nieves llegó con dolor de cabeza y sigue con él.

—Justamente,—respondió don Alejandro, muy sorprendido por lo súbito del cambio en el humor del comandante.

—¿Y por supuesto—añadió éste—, estará levantada y tan campante?

—Tan campante y levantada—repitió Bermúdez—, y haciendo labor en el saloncillo.

—Pues ¿qué pito tocamos aquí nosotros entonces?—exclamó Fuertes hecho un cascabel—.