También se desazonó un poquito Nieves con esta reprimenda de su padre, a juzgar por el ceño que puso y otras señales que se le notaron; pero se dominó pronto y respondió con entereza, aunque en calma:

—Es que das tú tanta importancia a eso que llamas delicado particular, que todo te parece poco para él. A ti te entusiasma; pues a mí no: ya te lo he dicho en otras ocasiones. Esto no es un pecado, papá. ¿Quieres que reciba esas noticias dando brinquitos y batiendo las palmas? Pues te engañaría si hiciera eso. ¿Me quieres hipocritilla y mentirosa, o me quieres llana y a la buena de Dios? ¿Me has visto alguna vez más entusiasmada que ahora con tu sobrino? Pues si me quieres sincera y llana y nada hago ahora que, en rigor de verdad, pueda saberte a nuevo, ¿por qué te enfadas conmigo cuando no recibo esas noticias con la alegría que tú?

—¡Si no me enfado, hija mía!—replicó don Alejandro dulcificando el tono de sus palabras y la expresión de su semblante—, lo que se llama propiamente enfadarme... ni siquiera te pido que te alborotes de alegría; y me conformo con mucho menos: con que no te causen disgusto estas noticias. Pues ni eso poco me concedes: ya ves que no puedes concederme menos... y es natural, muy natural, que lo sienta; y sintiéndolo, que te lo diga; lo cual no debe extrañarte, porque también tú me querrás sincero antes que falso... ¿No es así, Nieves?... En este supuesto, todavía tengo que decirte más, y te digo que es cierto que nunca te vi entusiasmada con tu primo; pero que también es verdad que lo de ese disgustillo de que te acabo de hablar, es cosa nueva en ti: desde que estamos en Peleches.

—Como que antes de estar en Peleches nosotros no se había tratado de su venida.

—¿De manera que vienes a confesarme explícitamente—dijo don Alejandro volviendo a nublársele un poco la cara—, que te disgusta la venida de tu primo?

—Precisamente la venida por sí sola, no, repuso Nieves sin amilanarse con la consecuencia sacada de sus palabras por su padre.

—Pues ¿qué es lo que te disgusta entonces?—preguntó Bermúdez seriamente interesado ya en la conversación.

Nieves, luchando con resolución contra ciertas dificultades fáciles de presumir, que hallaba en la empresa en que se había empeñado, respondió, jugueteando con la tijerita con que cortaba las hilachas del bordado en que se entretenía:

—Me disgusta... o mejor dicho, no me gusta, algo que tiene que ver, o que puede tenerlo, con la venida esa.

—Y ¿cuál es ese algo? Será cosa nueva también, como el disgusto.