—No por cierto.

—Y ¿cómo no te ha disgustado antes de ahora?

—Porque la veía más de lejos, y no me apuraba.

—Pues no te entiendo, hija mía.

Nieves pinchó con la tijera muchas veces el bordado, que ninguna culpa tenía de sus apuros, y se calló; pero su padre no se satisfizo con tan poco, y añadió a lo dicho:

—Si me hicieras el favor de explicarte... Porque el caso lo merece.

—¡Yo lo creo!—respondió Nieves sin titubear.

—Pues entonces...

—Quería yo decir—repuso ella algo a rastras—, que si esa venida no fuera más que... venir por venir... vamos, una venida como otra cualquiera...

—Ya estoy—observó don Alejandro rascándose la coronilla con un dedo—. Pero eso es volver adonde estábamos antes... Lo que yo necesito es que me expliques el algo especialísimo que trae consigo esa venida.