Leto subió en derechura a su cuarto con el doble fin de serenarse un poco y de pensar lo que debía referir a su padre, entre todo lo que el comandante le había referido a él. Fue tarea de tres cuartos de hora escasos. Al cabo de ese tiempo, bajó a la botica a menos de media serenidad y con el relato en hilván. No le permitió mayores lujos su pícaro temperamento.

Poco fue lo que dijo a su padre, encerrados los dos en el despacho de la trastienda, como explicación del portazo de Peleches; pero de tal modo y con tal arte de voz, de miradas y de greñas, que dejó al pobre boticario más aturdido de lo que estaba.

—De manera, hijo—observó don Adrián, dale que dale al codo, pero muy suave y lentamente, con el gorro sobre las cejas y la carita rechupada—, que por fas o por nefas... eso es, pues propiamente luz, no resulta del relato: por fas o por nefas, repito, esa nube no ha cogido a nadie más que a nosotros... a nosotros dos, eso es. ¡Caray si es duro eso de pensar! Aflige, Leto, aflige... contrista, sí, señor, verdaderamente; apenas considerarlo, ¡caray! porque si uno sospechara cuando menos... si a la dureza, eso es, del castigo, correspondiera la... vamos, la falta; pero si por más que reflexiono, que repaso la... Hombre, ¿a ti te dice algo la conciencia?... Pero ¡qué te ha decir... supongo yo? ¿Por qué camino andamos hijo y padre... eso es, con esos señores, que no sea llano y descubierto, caray? Si se nos llamara, es un suponer, a residencia, podría uno... Pero ni eso, Leto: ni eso que es tan... de justicia... ¿Habrá, hijo, de por medio algún informe, eso es... algún informe alevoso? Porque verdaderamente, ¡caray! sin una razón así, no se penetra... Por último, hijo del alma: hagámonos superiores mientras pasen esos pocos días que dice el señor don Claudio... y Dios dirá, eso es; Dios dirá luego... Pero por lo pronto, duele, sí, señor... ¡caray, si duele!

Mala noche pasó el pobre boticario a vueltas con sus inútiles investigaciones mentales; peor que Leto, mucho peor; porque éste, al fin, logró encontrar en medio de sus escozores y espasmos, ya que no un calmante de ellos, un remedio para sufrir hasta con gusto sus rigores; y fue que de pronto cayó en una idea en que hasta entonces no había caído de lleno, a causa de tener la sensibilidad fuera de quicio por la fuerza de sus aprensiones extremadamente pesimistas. Él había sentido con lo dicho por don Claudio, que era un estorbo en Peleches, y un motivo de perturbación para ciertos planes de don Alejandro Bermúdez. Así, considerándolo en montón; pero estudiándolo mejor después; separando las cosas y examinándolas una por una, acordose de que los enojos del señor de Peleches contra él, dimanaban, según don Claudio, de ciertas franquezas de Nieves que le habían confirmado en las sospechas que ya tenía. ¡Santo Dios, lo que él vio, lo que él sintió en aquellos momentos! ¡Qué efusiones tan hondas, jamás experimentadas! ¡qué terrores tan nuevos y tan sublimes! ¡qué recelos tan extraños!

Póngasele el sol de repente en las manos a un hombre que le haya estado adorando sin otro fin que adorarle. Pues en una situación por el estilo se vio Leto al dar a las franquezas de Nieves la única interpretación que podía darlas por la virtud de los hechos y la fuerza de la lógica. El peso de la mole le aplastaba, la luz resultaba fuego; pero ¡qué martirios, qué torturas, qué muerte tan adorables! Porque él se daba por muerto, como dos y tres eran cinco. Que no estorbaba a Nieves en ninguna parte; que Nieves le había entendido la metáfora del aire y del sol y del humilde puesto para tomarlos, y que lejos de ofenderse con el símil, hasta le había reprendido a él porque no colocaba su banqueta en primera fila, bien sabido se lo tenía, y bien justipreciado en las entretelas de su corazón; pero que el sol descendiera de su trono para... ¡Dios clemente! ¡Cómo no había de execrarle el señor don Alejandro Bermúdez? Por otra senda bien distinta esperaba él aquella execración; pero ya que había llegado y pues que era de necesidad que llegara, bien venida fuera por donde había venido. Cierto que el abismo resultaba así más hondo para él que de la otra manera; pero, en cambio, menos frío y solitario; y eso salía ganando en definitiva.

Así entretuvo las largas horas de aquella noche y las del día que la siguió. Poco más o menos, como las entretenía su padre en la botica y en la cama, y los señores de Peleches en su empingorotado caserón.

Se cruzaban poquísimas palabras entre la hija y el padre; no por enojos mutuos, sino porque temían entrar en conversación. Ella, ya en plena posesión de sí misma y sabiendo por Catana la orden dada por su padre contra los dos Pérez de la botica, le preguntó, muy serena, al tercer día del percance gordo:

—¿Sabes tú por qué no han vuelto por aquí esos señores?

—¿Qué señores?—preguntó a su vez don Alejandro, descubriendo en su turbación que por demás sabía de qué sujetos se trataba.

—Don Adrián y su hijo,—respondió Nieves con la mayor tranquilidad.