—Lo presumía—respondió Fuertes—, y por eso no me ha chocado oírle a usted decir que anduvo buscándome por toda la villa... Porque yo estaba dentro cuando ustedes llegaron, y sabía lo que había de suceder, si llegaban, desde un rato antes por haber oído el recado que dio don Alejandro a Catana... Situaciones que el demonio prepara y no puede uno remediar. Al caso.

Y comenzó a referir a Leto lo que afirmó ser «lo único» que él sabía. Según el relato aquél, Nieves y su padre habían tenido una escena un poco desagradable con motivo de la próxima llegada del mejicanillo. Discordancias radicales en el modo de estimar cada uno de los dos aquel suceso. A Nieves, nerviosa y algo trasmudada desde el tremendo de la antevíspera, que continuaba ignorando su padre, se le habían escapado ciertas franquezas que cayeron sobre las suspicacias de don Alejandro como la pólvora sobre el fuego. Porque don Alejandro andaba muy suspicaz desde aquel día, como le constaba a Leto muy bien. Se había dado en él un caso que no dejaba de ser frecuente: el de hallar algo en que no pensaba, buscando otra cosa muy distinta; y lo que había encontrado sin buscarlo, era el fuego en que habían caído las franquezas de su hija; o si lo quería más claro Leto, las franquezas de Nieves le demostraron, no solamente que su hallazgo no era ilusorio ni soñado, sino que el mal estaba ya hecho y con hondas raíces en la víctima. Bermúdez no había llegado con sus sospechas más que hasta el arranque del camino que conducía a ese mal: no era difícil presumir el efecto que le habría causado el descubrimiento, teniendo, como tenía, sus cálculos hechos y sus ilusiones acariciadas, con otros derroteros muy distintos. A él, a don Claudio, le había confiado sus cuitas, para pedirle informes, si podía dárselos; algo de luz clara con que guiarse en la lóbrega sima en que habla caído tan de repente; porque no podía contarse con lo que espontáneamente declarara Nieves entonces, ni convenía apurarla más en el estado de exaltación en que se hallaba. Más adelante ya se vería. Fuertes se había guardado, muy bien de decir a don Alejandro lo que pensaba acerca de tan delicado particular: al contrario, puso todo su empeño en convencerá su amigo de que estaba alarmado sin fundamento alguno. Tarea inútil: don Alejandro quedaba en sus trece y resuelto a poner de su parte todos los medios que considerara prudentes para combatir el mal como debía combatirle. ¿Qué medios eran ellos? No lo sabía aun con certeza; pero no tardaría en saberlo. Él no culpaba, no quería mal a ninguno; porque la mayor parte de las veces se causaban los daños más graves con los propósitos más honrados; pero se hallaba en una situación de ánimo tan apurada, en un temple tan singular de espíritu, que temía cometer, en presencia de las personas que eran el principal motivo de su disgusto, algún acto que le pesara después. En este pasaje del diálogo se había dado a Catana la orden de no recibir a Leto ni a su padre. «Esto, por de pronto»—había dicho enseguida don Alejandro—, «y bien sabe Dios que me duele en el alma. Iremos tirando con paliativos así, lo que se pueda; y después... ya se verá. Usted me hará el favor de entretener a esos señores, con la mejor disculpa que su discreción le dicte, alejados de aquí por unos días, si no le parece que abuso de su bondad».

—Esto es lo que hay en substancia, Leto—le dijo don Claudio en conclusión—. No sé si refiriéndoselo a usted como se lo he referido, falto o no falto a la confianza depositada en mí por don Alejandro; pero sé que no es usted hombre que se conforma con parvidades en tragos de esta naturaleza; y, sobre todo, sé que en ninguna sima más honda, ni en arca mejor cerrada que usted, puede guardarse este secreto. Ahora, refiera usted de él lo que mejor le parezca a su señor padre, como yo pensaba hacerlo, para que se cumplan las órdenes de nuestro amigo, sin contratiempos como el de esta noche para ustedes... y ánimo ¡voto al chápiro! que más amargo y más duro fue lo de anteayer, y se portó usted como un hombre.

El pobre muchacho, con las manos en los bolsillos y la cabeza caída sobre el pecho, no dijo una palabra. El comandante, después de contemplarle unos momentos con expresión compasiva, le puso blandamente la mano sobre la espalda y le preguntó, con esa aspereza cariñosa, tan propia de los hombres que han educado sus afectos entre los rigores de la ordenanza militar:

—¿Duele, amigo?

Irguiose entonces el valiente mozo, y le respondió, oprimiéndole una mano con las dos suyas:

—¡Ay, señor don Claudio! si después de salvarse Nieves me hubiera quedado yo en el fondo, de la mar, ¡qué fortuna para ellos y para mí!

Y sin poder averiguar el comandante si aquel relucir extraño de los ojos de Leto eran lágrimas o no, le vio caminar a largos pasos hacia la botica, y sin entrar en ella, subir a casa por el portal contiguo.

Don Claudio Fuertes entonces, hiriendo el suelo con un pie antes de echar a andar, exclamó entre dientes con verdadero coraje:

—¡Y qué mejor empleada que en ti, voto al demonio?