Y se fue. Le buscó en el Casino: no estaba allí. En su casa: tampoco. Anduvo por los sitios en que solía vérsele paseando algunas veces: ni la menor huella de él.
—Pues está en Peleches sin remedio—se dijo consternado—. Mi desgracia es indudable.
Enderezó los pasos hacia la botica; y al entrar en la plazuela, vio, entre las sombras del fondo, junto a la desembocadura de la Costanilla, un bulto negro que se movía hacia él.
—Es la silueta de don Claudio,—pensó dirigiéndose a su encuentro.
Lo era efectivamente. Se reconocieron; y dijo al instante Leto:
—He andado buscándole a usted por todo Villavieja.
—Y yo venía dudando—dijo a su vez el comandante—, si colarme ahora en la botica para hablar con usted delante de don Adrián, o dejarle recado para que se viera conmigo en mi casa.
—¿Luego tiene usted algo grave que decirme?—observó Leto casi afónico y temblándole todas las entrañas.
—Tanto como grave—repuso Fuertes—, no; pero algo que les conviene saber a ustedes por más de un concepto, sí.
—«A ustedes»—pensó el mozo repitiendo con cierta fruición estas palabras de don Claudio—. Luego no va conmigo solo el cuento; y no yendo conmigo solamente, puede ser otro cuento distinto del que tanto miedo me da. A salir de dudas—. Pues hágame usted el favor—dijo a su amigo, lo bastante bajo para que no lo oyera nadie más que él—, de referirnos lo que haya, sea malo o pésimo, pues bueno, ni casi regular, no lo espero; porque desde el portazo que se nos dio esta noche en Peleches, estamos mi padre y yo que no nos llega la camisa al cuerpo...