—XXIV—
«El Fénix villavejano»
COMPAÑADO del propio Maravillas, que para eso y para dirigir y mejorar a su gusto la edición, había ido dos días antes a la ciudad, entraba en Villavieja el paquete de los quinientos ejemplares, húmedo todavía y exhalando el tufo que enloquece a los pipiolos y regocija a los veteranos en la esgrima de la péñola, al mismo tiempo que subía hacia Peleches don Alejandro Bermúdez.
Tinito el sabio se encaminó a su casa por los callejones más extraviados, para no ser visto por sus amigos y colaboradores, pues así convenía para sus planes; y una vez encerrado en ella y después de encargar muy encarecidamente que se dijera a cuantos llegaran a preguntar por él, si alguien llegaba, que no había venido aún, procedió a romper las ligaduras del paquete con mano codiciosa y a dividir su contenido en cuatro porciones: una para cada repartidor de los tres que tenía apalabrados, y la más pequeña para dejarla de reserva. Era cosa convenida con «los chicos de la redacción» que el periódico se repartiría de balde en la villa entre todas las personas cuya lista se había formado con la mayor escrupulosidad, sin perjuicio de distribuir el sobrante entre «lo menos irracional de la masa anónima» (palabras textuales del propio Maravillas).
El periódico era de corto tamaño y llevaba por nombre, en letras muy gordas, el que se ha puesto al frente de este capítulo, adicionado con esta leyenda: Revista literaria y de altos intereses sociales, políticos y religiosos. La primera plana y gran parte de la segunda, iban atestadas de prosa sarpullida de signos ortográficos, bajo el rótulo de Nuestros ideales. Después versos, ¡muchos versos! Una Melancolía, dedicada «a la distinguida señorita doña I. G.» (la Escribana segunda); un Éxtasis «a M. C.» (Mona Codillo); tres Ovillejos «al ilustrado Fiscal de este juzgado, mi distinguido y bondadosa amigo don F. R., en señal de consideración y afecto entrañable»; unos Cantares tiernos «a la encantadora joven villavejana A. C.» (Adelfa Codillo); Mis confidencias, «composición graciosa, a la chispeante señorita R. G.» (Rufita González); algunas coplas más por este orden, varios sueltos en prosa, y en prosa también una Variante histórica a la fábula de Hero y Leandro. Cada poesía llevaba al pie todos los nombres y apellidos de su autor. Maravillas firmaba con los suyos el artículo de entrada, y sólo con iniciales la Variante.
—Y de todo esto, ¿cuál es lo tuyo, hijo?—le preguntó el tabernero su padre, que presenciaba, por no atreverse a cosa mayor, las operaciones de deshacer el fardo y contar ejemplares para separar los correspondientes a cada lista de las tres desplegadas sobre la mesa.
—¿Pues no lo ve usted?—le respondió el sabio poniendo el dedo sobre la firma del programa y las iniciales de la fábula—. Todo lo que no son coplas estúpidas y sin substancia: lo que ha de levantar ronchas. ¡Vaya si levantará!... hasta estos sueltecitos, que también son míos, y de pronto no parecen nada: ya lo verá usted.
—Y ¿lo conocen, lo conocen ya tus amigos, esos de las copias?
Miró el sabio a su padre con el gesto de más altivo desdén, y le dijo:
—¡Qué han de conocer esos mentecatos, ni a título de qué? Lo conocerán mañana cuando el periódico circule y no les quepa la vanidad en el cuerpo al ver el magnífico resultado de mi aparición en El Fénix. Ellos son los que me han buscado: yo he consentido en que colaboren bajo mi dirección en el periódico, que dirá lo que yo tenga por conveniente, y nada más. ¿Les parece poco? ¿Qué más honra pueden desear? ¡pues buena sindéresis es la suya para que yo me hubiera rebajado a consultarles lo que pensaba publicar en El Fénix! ¡Estúpidos y pusilámines! Capaces eran de no consentir la salida del periódico.