—Verdaderamente—contestó el tabernero, electrizado con aquel pensar, aquel decir y aquel mirar de su hijo—, que no son quién para lo que tú sabes, esos muchachuelos ignorantes y desaplicados... ¿Y de veras crees tú que esos escritos meterán bulla?... No haga el diablo que te traigan algún disgusto...

—¡Bah!—repuso Maravillas creciéndose dos palmos—; no irán los huracanes por donde usted se figura. El efecto de mi primer artículo será de asombro, como el de la centella, como el del relámpago. El de la fábula le sentirán pocos; y éstos se guardarán muy bien de decir lo que les duele y en qué parte. Vea usted unas muestras de la calidad científica y filosófica del artículo, o mejor dicho, del programa.

Arrimose en esto Maravillas a la cómoda, sobre la cual estaba la luz con que se alumbraban allí él y su padre; subió las gafas hasta dejarlas encaramadas sobre las cejas; levantó el periódico que tenía entre las manos, bajando al mismo tiempo la cabeza, de manera que no quedó el espacio de dos pulgadas entre los ojos y el papel, y comenzó a leer con voz nasal, atiplada y clamorosa, mientras el tabernero se le acercaba de puntillas, con una mano colocada detrás de la oreja y mordiéndose el labio inferior.

—«Nuestros ideales...»

Aquí se detuvo de repente; y cambiando su tono campanudo por el llano y de todos los días, advirtió a su padre:

—Ha de saber usted, ante todo, que el fénix es un pájaro fabuloso o imaginario, del que se cuenta que renacía de sus propias cenizas, como la muerta planta renace de la semilla que ha producido en vida... ¿Se entera usted?

El tabernero contestó afirmativamente con una cabezada, sin apartar la mano de la oreja, y añadió a la contestación otro ademán y otro gesto que querían decir: «adelante».

Entendió la mímica Tinito el sabio; y metiendo nuevamente los ojos por el papel, volvió a su interrumpida lectura y al registro campanudo de su voz:

—«Nuestros ideales... Sal de tu sueño letárgico; despierta ya, ¡oh, Villavieja, pueblo fósil, merecedor de más honrosos destinos!... ¡Despierta y sacude la ignominia de tu mortaja enmohecida por la lobreguez insana de tres siglos de barbarie! ¡Despierta, levántate y contémplate! Nosotros te pondremos delante de los ojos el gran espejo de la Verdad, iluminado por la esplendorosa luz de los nuevos días. Mírate en él... ¡Ah, desdichada! Te turbas, te sonrojas... ¡te avergüenzas!... ¡Lo comprendemos, sí, lo comprendemos! Te ves andrajosa y fea, y esclava vil, y degradada y sola, entre la muchedumbre de otros pueblos risueños, hermosos, libres y florecientes...»

—Sigue a esto—dijo a su padre Maravillas, interrumpiendo la lectura—, un largo párrafo muy bonito y de gran efecto, de conjuros y de apóstrofes por el estilo de los que ha oído usted, que duran hasta la mitad de esta segunda columna, y digo enseguida... «¿Sabes por qué eres andrajosa, y fea y esclava vil y degradada, ¡oh, Villavieja infelice? Porque el templo de tu Dios está henchido de riquezas, y sus criminales derviches adormeciéndote con sus cánticos soporíferos, como adormece el vampiro a sus víctimas con el aire de sus alas para chuparles la sangre...»