»Comenzaba ya el periódico a producir disgustos entre muchas familias aludidas por los chicos, cuando llegó de la Universidad, va a hacer un año ahora, Tinito Maravillas. Éste es un jovenzuelo chiquitín, paliducho y lacio, con gafas, pelo de ratón y patillitas transparentes. Usa a diario chaquet negro y bastón. Es hijo de un tabernero de aquí, algo levantisco, el cual se ha medio arruinado para darle la carrera, porque desde que Tinito (Agustín) comenzó a hablar, se le antojó a él que sacaba mucho talento y había de llegar a ser una maravilla, si se le educaba convenientemente. Tinito lo creyó así también, y por maravilla se tiene después de licenciado, y por maravilla le ha proclamado y le proclama su padre en la taberna y en todas partes, y Maravillas se le llama donde quiera. Pues este Maravillas, que se había hecho notar aquí en todas las temporadas de vacaciones, ahora es una barbaridad lo que destaca, particularmente entre sus contemporáneos, por lo que sabe y por su modo de pensar. A los chicos del periódico autógrafo los asustó. Villavieja necesitaba, en su lastimoso estado de modorra, algo más que coplas y chismografía. Él había escrito en revistas librepensadoras, de gran importancia, y sabía lo que eran esas cosas. Si querían su colaboración, no tenía inconveniente en prestarla, pero a condición de que el periódico fuera dirigido por él y saliera en letras de molde; lo cual no era difícil imprimiéndole en la capital. La proposición sedujo, y en realizarla se anda desde entonces.
»Tinito habla poco, casi nada; pero se deja ver en todas partes, con la cabecita muy alta y en la cara una sonrisa entre compasiva y desdeñosa. No va a misa, por supuesto; y si se le pregunta por qué, hace un gestecillo como de asombro, sin dejar de sonreírse, y no responde más. Oye hablar de Dios, sonrisita; oye hablar de reyes, sonrisita; oye, en fin, hablar de todo lo corriente en los pueblos regidos por leyes, usos y costumbres a que estamos avezados usted y yo, sonrisita. A su padre se le cae la baba con estas cosas de Maravillas, sobre todo cuando le ve echar desprecios, a su modo, sobre el viejo resabio de «las clases», tan arraigado en Villavieja; y Maravillas, en tanto, teniendo a menos decir de quién es hijo, y pegándose como una lapa a lo que aquí se tiene por aristocracia de la población, que no sabe, a la hora presente, si temerle, si admirarle o si reírse de él; porque en Villavieja ha habido siempre muy poco entusiasmo por las ideas políticas y filosóficas. Lo más exaltado de aquí no pasa todavía del progresismo histórico, tal como lo dejó el Duque de la Victoria al volverse a Logroño en 1856.
»Sin embargo, no ha predicado enteramente en desierto el joven apóstol desde que vino Licenciado de Madrid. Ya tiene algunos partidarios casi entusiastas, entre los mareantes y los zapateros, a quienes se digna hablar, de tarde en cuando, de Compte, de Büchner y de Lombroso, asegurándoles de pasada que él conoce hasta la última palabra de la ciencia experimental, escoba y azote del viejo mundo teológico y metafísico.
»Yo creo que habría palos en el Casino, si a Maravillas le diera por hablar tan recio allí, porque solamente con la estampa y la sonrisita es ya una indigestión continua para ciertos y determinados temperamentos: uno de ellos el fiscal, de seguro; y muy probable, el hijo del boticario, que es atroz por lo sincero, por lo acelerado... y por lo forzudo, y se pasa las horas muertas jugando al billar con el Ayudante de Marina que está siempre desocupado. No tiene otro vicio; pero un taco espantoso.
»El fiscal lleva en este juzgado cuatro años, y es un sujeto digno de estudio. Es aragonés, solterón y joven todavía, pero algo acabado. Detesta la profesión tanto como a la villa, y ni siquiera trata de disimularlo. Las acusaciones suyas son dicterios y palizas contra todo lo que trae entre manos, hasta la ley, que no le da cuanto necesita para despacharse a su gusto. Para él no hay atenuantes ni eximentes. Siempre pide el máximum de la pena para toda clase de delitos. Cuando habla de Villavieja, la acusa del mismo modo, porque está deseando que le echen de la carrera y de aquí. Pone cada mote que no le levanta nadie, por lo bien que cae. Tiene talento y gracia y se deja querer, porque, después de todo, es un lagarto muy apreciable, hombre de bien y de trato muy ameno. Antes jugaba mucho al tresillo; ahora se le halla casi toda la noche y parte de la tarde fumando y tomando café en una mesa, cerca de la de billar, viendo cómo juegan el hijo del boticario y el Ayudante de Marina, hablando con ellos a su modo a ratos, y a ratos con dos abogados y un médico, jóvenes, de lo más culto y tratable que hay aquí, y conmigo, que solemos acompañarle...
»Para concluir, mi señor don Alejandro: continúan los cerdos revolcándose en las calles sin empedrar, y las gallinas picoteando el césped del encachado de la plaza; el casón histórico, llamado de los Capellanes, se desplomó en abril del año pasado; está mal sostenido con puntales lo que queda del convento de Premostratenses; se va a apuntalar la fachada norte de las Casas Consistoriales, y en la calle del Cáncamo se abrió de repente una sima, tres años hizo en febrero, y sin rellenar se encuentra a la hora presente.
»Con esto y lo que se adivina, ya sabe usted de Villavieja casi tanto como su muy obligado y afectísimo amigo q. l. b. l. m.
Claudio Fuertes Y León.»