—V—
Quince días después

QUELLA mañana madrugó don Alejandro casi tanto como el sol, y eso que era el de los días más largos del mes de junio, de los «de por san Juan». No había pegado el ojo en toda la noche; y no por miedo a los ladrones ni por extrañar la cama, sino por la comezón de la pícara curiosidad, que le tuvo en vilo. Por si a Nieves le había pasado lo propio, se acercó a la puerta de su gabinete, aplicó el oído a la cerradura, y, en efecto, Nieves se revolvía allá dentro.

—¡Nieves!—llamó trémulo de gusto.

—¡Papá!—respondió la voz argentina de Nieves—. Estoy concluyendo de arreglarme... Allá voy enseguida.

—¡Ajá! Pero dime: ¿has cumplido tu palabra?

—Como que me estoy vistiendo casi a obscuras.

—Así se hace, ¡canástoles! Pues mira: ya, por lo poco que falta, no lo echemos a perder con una mala tentación. Firmes con ella si acomete, ¿eh?

Se oyó la risa franca de Nieves muy cerquita de la puerta, que a poco rato se abrió dando paso a la sevillanita envuelta en un blanco y holgado peinador, con toda la espesa y fina mata de su pelo rubio dorado tendida sobre la espalda.

—Para que veas que no te engaño—dijo a su padre señalando al fondo del gabinete—, mira qué obscuro está todo.