En efecto: no se veía otra luz allá dentro que la que se filtraba por las rendijas de los postigos cerrados con sus aldabillas sobre las correspondientes vidrieras: la precisa para andar allí sin tropezones.
Entonces fue don Alejandro quien se rió.
—¡Qué cosas tenemos a lo mejor los hombres llamados formales!—dijo—. Pues mira: pequeñeces son y hasta tonterías parecen; pero tienen su encanto, y ¡qué demonios le queda de placentero a la vida si se le quitan esos recreos?... ¿No es así? Pues, canástoles, el que se riera de nosotros ahora, sería un grandísimo majadero.
—Ya se ve que sí—dijo Nieves siguiendo el humor a su padre—. Pero, dime—añadió—: ¿también aquí me está prohibido mirar?
—Aquí no—respondió muy formalmente don Alejandro—, porque esto tiene bien poco que ver. Tú hazte el cargo: ya que la casualidad te metió en Peleches por primera vez de noche cerrada, la gracia de la cosa está para mí en estimar yo mismo el efecto que te produzca lo que te vaya poniendo delante de los ojos, y que no se ve todos los días ni en todas partes. ¿Te enteras? Pues no hay más. Pero aguárdate un poco... ¡Catana!... ¡Catana!...
Esto lo gritó don Alejandro desde la puerta que daba al pasillo, para que acudiera la rondeña, que se llamaba así.
—Tengo yo mi puntillo de vanidad—dijo a Nieves mientras la quintañona venía—, en que este erizo andaluz que desde que salió de la tierra no ha puesto la mirada en cosa que le parezca bien, aprenda a mirar como es debido lo que se ve desde aquí, hasta que se muera de repente por mal de asombro y maravilla.
En esto llegó Catana, con su cabeza gris, su color cetrino, sus ojos negros y bravíos, su sempiterno vestido de indiana muy floreado, y su pañolón negro, de seda, con los picos anudados atrás.
—¿Qué manda zu mercé?—preguntó desde la puerta.
—¿Qué has visto—la preguntó a ella su amo—, de tantísimo como hay que ver desde esta casa?