Y Maravillas que oía estos rumores desde afuera, pensaba que eran rezos de los «fanáticos», y se reía de ellos a la vez que se impacientaba por lo que la gente tardaba en salir de la iglesia. Para entretener sus impaciencias, paseaba arriba y abajo en la faja de sombra que proyectaba la mole, observado de una media docena de muchachuelos y otros tantos menestrales que andaban por allí matando el rato. Desde que había salido de casa, donde quiera que había puesto los ojos o el oído, había visto el periódico suyo, o pescado alguna palabra referente a él; y los que le veían pasar, le miraban, le miraban, ¡con una fijeza y un interés!... Hasta los menestrales y los muchachos aquéllos que andaban por la plazuela, le comían con los ojos. Pues ¡cuantos no había detrás de las vidrieras en las casas inmediatas, mirándole y admirándole? Y en estas ilusiones, media hora larga; y la gente en la iglesia.

En esto apareció Leto en la bocacalle inmediata a la botica. Aquel domingo (Dios se lo perdonara) se había quedado sin misa. Se le pasó la de ocho corriendo el temporal desaforado en el cuartuco de la trastienda. Después, por no ahogarse allí de ira y de indignación, había salido sin saber por dónde ni a qué: de calle en calle; y si al paso se topaba con Maravillas... Porque no podía ser de otro la lacería aquélla de la cuarta plana del periódico: la Fábula desde luego lo era, porque llevaba sus iniciales. Pues, carape, ¿qué menos que un par de bofetadas para desahogarse un poco? Esto no podía chocarle a nadie: era de razón y de necesidad. En una de sus viradas, tropezó con el fiscal que le detuvo para decirle:

—Vamos, amiguito, «si buenos azotes me dan, bien caballero me iba». No hay que quejarse.

—¿Lo dice usted—le preguntó Leto enronquecido y algo convulso—, por lo del libelo ese?

—Hombre—respondió el fiscal recogiendo velas delante de aquel huracán a la sordina, sí y no. Con pretexto de ello quería yo aconsejarle a usted que lo echara a risa; porque comparado con el bollo que tantos le envidian a usted, ¿qué vale el coscorrón que le cuesta?

—Pues mire usted, fiscal, y para que le vaya sirviendo de gobierno—respondió el otro temblándole los labios—: si quiere usted que no se le atragante el bollo ese, guárdese mucho de volver a tomarle en boca delante de mí; porque por encima de cuanto le estimo a usted y hasta del sol que nos alumbra, pongo yo el respeto que se debe a la persona a quien apunta usted en su broma de mal gusto. Y dejémoslo aquí si le parece.

Y allí se dejó, con mucho placer del fiscal, que no tenía interés alguno en probar sobre su persona la fuerza de los puños de Leto embravecido. Fuese cada cual por su lado; y de esta aventura volvía, con la espina de su recuerdo atravesada en la garganta, el hijo de don Adrián Pérez, cuando se le ha visto aparecer en la plazuela por el lado de la botica.

—¡Carape!... Allí está,—se dijo estremeciéndose todo al reparar en Maravillas.

Y se fue derecho a él con propósito de abofetearle; pero al llegar a su lado y verle tan poca cosa y empalidecer de susto, cambió de idea por escrúpulos de su conciencia hidalga, y se conformó, después de volverle de espaldas tirándole de las orejas, con administrarle una descarga de puntapiés, algunos de los cuales le levantaron más de un palmo sobre el encachado de la plazuela. Huyendo de los golpes que le contundían, trató de refugiarse en la iglesia; pero cabalmente comenzaba a salir entonces la gente; y aun quiso su mala fortuna que el primero que salía fuera Nilo Chuecas, el colaborador poeta de los Cantares tiernos; el cual, al verse cara a cara con el sabio, le plantó en ella el mejor par de bofetones que se había dado en Villavieja muchos años hacía. Ocurrió también que detrás de Nilo salía de la iglesia Tapas, uno de los zapateros ateos admiradores de Maravillas; pero muy devoto rezador al mismo tiempo, y hermano de la Orden Tercera de San Francisco. Era mozo robusto y fuerte, y al ver a su ídolo huir de los puños de Nilo para caer en las punta; de los pies de Leto, fuese hacia éste en actitud de pedirle cuentas de lo que pasaba allí. ¡A buena puerta llamaba y en buena ocasión! Cabalmente estaba Leto deseando habérselas con alguno en quien desfogar sus iras sin que protestara su conciencia por abuso de poder. Y respondió a la interpelación del zapatero con una bofetada que sonó en toda la plazuela, e hizo dar a Tapas tres vueltas en redondo; salió entonces a la defensa del abofeteado uno de los menestrales que contemplaban a Maravillas poco antes, y obtuvo igual recibimiento que Tapas del hijo del boticario, púsose Nilo Chuecas al lado de éste; salieron de la iglesia otros dos ateos de los prosélitos de Maravillas, y uniéronse a los que peleaban por él; fueron entrando en pelea por aquí y por allá gentes que no habían soñado en ello ni tenían por qué soñarlo; comenzaron los gritos de las mujeres y los conjuros de los hombres pacíficos; presentáronse en escena otros dos colaboradores del maldecido periódico; llegó el mancebo de la botica; salió de la iglesia don Adrián, y detrás don Claudio Fuertes, que tomó sitio junto a Leto y comenzó a sacudir garrotazos a diestro y a siniestro; huyeron hacia la izquierda los Vélez y hacia la derecha los Carreños, que tenían un miedo horrible a los alborotos populares; desmayáronse dos Escribanas, una Codillo y Rufita González, y abriéronse todos los balcones que daban a la plaza y llenáronse de gente que se llevaba las manos a la cabeza y estaba sin color y sin pulsos al ver a los combatientes de aquel campo de Agramante, rodar aquí en montón confuso por los suelos, allá esgrimiendo los puños en el aire, acá forcejeando entrelazados, y acullá a Leto y al comandante segando hombres en un espacio de tres varas en rededor, que siempre estaba desembarazado de estorbos. Por todo se reñía allí entonces menos por la obra empecatada de Maravillas, de quien nadie se acordaba ya y de cuyo paradero no se sabía.

Por último, vino el juez de primera instancia acompañado de la Guardia civil; y así y todo costó Dios y ayuda deshacer aquella maraña de carne, y apaciguar las olas de aquel mar encrespado por primera vez en cuanto alcanzaba la memoria de los más viejos de la villa. Créese que influyó mucho en la feliz terminación de la lucha y en el más pronto despejo de la plaza, el haberse oído de repente el silbato de El Atlante, anunciando su entrada en el puerto; suceso que arrastró al muelle a la mayor parte de los espectadores de la refriega, y aun a algunos de los combatientes que estaban desocupados en el instante de oírse las pitadas del vapor.