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Mientras estas cosas tan graves ocurrían abajo, arriba, en Peleches, sin tenerse la menor noticia de ellas, también pasaba algo que merece consignarse aquí por remate de la crónica de aquella mañana de eterna remembranza en los futuros anales de la perínclita Villavieja. Fue el caso que don Alejandro Bermúdez, olvidado ya de que había guardado en uno de sus bolsillos el periódico que le habían entregado al salir de misa primera, topó con él a media mañana; y por casualidad, al desdoblarle, quedó ante sus ojos la cuarta plana, como pudo haber quedada la primera. Fijó la vista en el epígrafe Percance grave, que estaba en letras de mucho relieve; tentole la curiosidad, y leyó lo que seguía. Se quedó hecho una estatua al concluir. Repasó su memoria... «Justo y cabal», se dijo. Y voló en busca de Nieves, con el periódico en la mano y las gafas en la punta de la nariz.
Sin sentarse y temblándole el papel entre los dedos, leyó a su hija lo del Percance grave. Cuando acabó de leer, Nieves estaba pálida, pero atenta y muy en sí.
—En este puerto no hay más que un yacht—dijo Bermúdez mirando muy fijamente a su hija por encima de las gafas—, ni más señorita forastera que ande en él, que tú; y para inventada, me parece mucho esta noticia... Después, se da por ocurrido el suceso el jueves, el mismo día de aquéllas mis confusiones... Vamos, que las señas son mortales...
—¡Ojalá—respondió Nieves—, que entonces, como estuve tentada a hacerlo, te lo hubiera confesado todo!
—¿Luego es cierto?
—Si me prometes oírme sin enfadarte conmigo, ni con nadie—dijo ella subrayando esta palabra con una sonrisilla algo forzada—, yo te referiré el caso con todos sus pormenores, que no dejan de ser de importancia.
—Yo te prometo cuanto quieras, hija mía repuso Bermúdez trasudando de congoja y sentándose al lado de Nieves—. Pero cuenta, ¡cuenta, por el amor de Dios! y sácame cuanto, antes de esta terrible curiosidad en que estoy metido.
Y empezó Nieves a relatar; y relatando ella punto por punto todo lo ocurrido aquel día memorable, con la más escrupulosa minuciosidad, y aun recargando los trazos y los colores en algunos pasajes, como si intentara grabarlos hondamente en la memoria y en el corazón de su padre; oyendo él absorto, estremeciéndose a menudo, aterrado en ocasiones, descolorido y suspenso siempre; preguntando y repreguntando a veces para apurar la materia, y llevando, por último, ella y él la conversación a los sucesos domésticos que tuvieron origen en el relatado por Nieves, se les fue pasando la mañana hasta la hora de comer; llegó entonces don Claudio Fuertes, y aconteció lo que el lector verá en el siguiente capítulo, que, si no es el último de la presente historia, ha de andar muy cerca de serlo.