—XXV—
En el que todos quedan satisfechos menos el lector

CONTECIÓ, primeramente, que don Alejandro Bermúdez, sin dar tiempo a que su amigo se sentara, ni acabara de saludar siquiera, le informó de lo tratado allí con Nieves; noticia que alegró mucho a don Claudio, porque había temido, al ver los extraños continentes del padre y de la hija, y al primero con el endiablado papel entre manos, que se hubieran tragado el veneno vertido en su cuarta plana con ese fin por Maravillas. Ventilado aquel punto a la ligera, el comandante dio por supuesto que los señores de Peleches estarían enterados de lo que acababa de suceder en la villa. No tenían la menor noticia de ello.

—Y ¿cuál ha sido la causa?—preguntó Bermúdez después de la ligerísima pintura del suceso, que les hizo don Claudio.

—La causa verdadera y fundamental de todo—respondió éste—, ha sido el artículo que le habrá chocado a usted, por lo desfachatadamente impío, que va a la cabeza del periódico que tiene usted en la mano.

—No he leído de todo él—respondió don Alejandro—, más que la noticia ésta, que nos ha dado qué hablar y qué pensar a Nieves y a mí para toda la mañana.

—¡Hombre!—exclamó Fuertes como si se alegrara mucho de ello—. Pues tanto mejor entonces... a ver, a ver, mi señor don Alejandro: como fiel cristiano que es usted, está obligado a entregarme ese periódico... Venga.

Don Alejandro se le entregó siguiendo lo que le parecía broma de su amigo.

—Y yo—añadió éste—, tengo el deber, como fiel cristiano que también soy, de hacer trizas el papelejo y arrojarlas por el balcón.