—¡Ajáa! Ahorita le guipé...
—Y ¿no veis más acá unas motitas blancas, como triangulitos de papel?
—Sí que las veo,—respondió Nieves.
—Pues son lanchas de pescar.
—¡Tan allá?
—¡Yo lo creo!
—Y ¿de dónde son?
—De los puertos de esta costa... Dios sabe de cuál de ellos... Porque ¡cuidado que es línea larga, eh?... Vete pasando la vista sobre ella de extremo a extremo... Lo menos cuarenta leguas.
—¡Jezú!
—Y no rebajo una pulgada, señora rondeña... Y a propósito, ¿para cuándo deja usted el morirse? ¿Por qué no se ha muerto ya?