—¿De qué, zeñó?
—De asombro.
—Con la venia de zu mercé—contestó la serrana—, me queo un ratico má: jasta el otro espanto.
—¿Cuál?
—El mayó que me ha e dá zu mercé.
—¿Luego te parece poco lo que estás viendo?
—Psch... Asín, asín.
—Vamos, Nieves, es cosa de matarla de veras.
—No te apure la flema de esta socarrona—dijo Nieves dándola un pellizco en el brazo que estaba más al alcance de su mano derecha—, que aunque no fuera embuste lo que aparenta, aquí estoy yo que me he asombrado por las dos...
—Lo creo, y eso me consuela y la salva a ella de una desgracia... Y ahora, vamos a la otra fachada para ver lo que resta; que la maravilla de este lado aquí quedará aguardándote, por mucho que tardes en volver a saborearla... Síganme, que ya voy andando por el mismo camino que nos trajo acá... Tuerzan a la derecha ahora... Ésta es la entrada a la cocina y sus accesorias... Esta es la puerta del comedor... Otra cuatropea como la sala... ¿eh, Nieves? Bien que ya la viste anoche... El gabinete de que te hablé antes... Un balcón y dos antepechos... Vamos al balcón... No es maleja esta vista tampoco, ¿verdad, Nieves?