—¡Grises, don Claudio!... mírelas usted bien y juguemos limpio.

—Grises, corriente: vaya también esa ventajilla a favor de usted: poco me importa. Nota usted esa diferencia de ornato, nada más que de ornato, entre las dos fachadas, y piensa que sacadas juntas a la plaza, la de usted se llevará las preferencias. Concedido. Pero enseguida protesto yo y le desafío a que me siga con la escopeta al hombro, o con el bastón en la mano por sierras y montes arriba, a la tostera del sol de junio o con las nieves de enero; y entonces se descubren las máculas que hay debajo del revoque, y falla la máxima esa; porque es bien seguro que cuando yo comience a jadear, está usted agonizando.

—Eso se vería, ¡canástoles!

—Por visto, señor don Alejandro, por visto... Y finalmente, que nos ponga a prueba Nieves, o que me ponga a mí solo al realizar los planes que por lo visto tiene formados, utilizándome como guía y acompañante suyo, que es por donde habíamos empezado, y se verá si sirvo o no sirvo para ello, y quién cae primero de los dos, o el último de los tres, si se atreve usted a acompañarnos...

—¡Vaya si me atreveré! ¡Y nos veremos allá, señor guapo!

—Pues no tienen ustedes más que avisar.

—Le cojo a usted por la palabra, señor don Claudio, con permiso de papá; y comienzo por mandarle que nos ayude, hoy mismo, a formar la lista de las expediciones que hemos de hacer por tierra y a pie...

—Repito que estoy a sus órdenes.

—Y por mar...

—Eso ya varía, Nieves. De la mar no entiendo jota. No me he embarcado aquí seis veces en mi vida; y en tres de ellas eché los hígados, sólo por asomarme a la boca del puerto. Soy de Astorga, y no hay más que decir. Pero no le apure la dificultad, que si los lances de la mar le gustan a usted...