—¡Muchísimo!

—No han de faltarle medios de satisfacer el gusto. Respondo de ello.

—¿De veras, don Claudio?

—Como todo lo que yo prometo, aunque me esté mal el decirlo.

—¡No sabe usted la alegría que me da con la promesa!

—Cuando te digo, Nieves, que hasta lo de Caparrota se compuso... y mira, mira, hasta lo de nuestro desayuno, que empezaba a darme mucho en qué pensar por su tardanza. Ya está aquí... Gracias, señora Catana: bien sé que la culpa no es suya ni de la cocinera, sino de nuestro madrugón, inesperado en la cocina... ¡Ea! don Claudio, adentro con eso... No tienen mala traza esos bollos. Hombre, ¿qué tal se anda aquí de pan?

—Bastante bien, como de carne y de leche... y de confituras.

—Pues estamos como queremos... Si te digo, Nieves, que esto de Peleches es Jauja...

—Vamos a ver, señor don Alejandro, y antes que se me olvide: yo, metiéndome quizá más adentro de lo que debiera, a una pregunta que me hicieron ayer ciertas comparientas de usted, me permití responder afirmativamente.

—Si no se explica usted más...