—Voy a ello: la hija, que, cuando habla de usted con sus amigas, le llama «mi tío Alejandro», y de Nieves «mi prima Nieves...»

—¡Demonio!

—Y ¿quiénes son esas parientas, papá?

—Pues la hermana y su hija del marido de tu tía Lucrecia.

—No veo el parentesco.

—Ni yo tampoco... ni ellas mismas le verán, porque no existe; pero desean aparentarle. Buen provecho les haga, ¿no es verdad?

—Se me olvidó ese detalle en mi carta, y ahora le recuerdo. La madre no llega a tanto. Se queda en «mis comparientes de Sevilla» o «los comparientes de Peleches».

—Bien: ¿y qué?

—Aguarde usted un poco... ¡canario, qué ricamente está hecho este café!

—Como obra de las manos de Catana, que no tienen igual para eso. También está rica la mantequilla...