—Esa es de primera aquí: recuerden lo que les dije de la leche. Pues a lo que íbamos. Rufita, que es la hija, la hija de doña Zoila Mostrencos, hermana carnal de don Cesáreo, esposo de doña Lucrecia; Rufita, digo, la supuesta prima de Nieves y sobrina, por consiguiente, de usted, me paró ayer en la calle yendo con su madre y me dijo: «supongo, don Claudio, que esos señores no nos tirarán con algo si vamos a visitarlos en cuanto lleguen... porque pensamos visitarlos. Ya ve usted: un parentesco tan próximo y tan conocido en Villavieja... y estando ellos tan en armonía con los de Méjico, parecería mal que nosotros no los fuéramos a ver.» Esto dijo Rufita.

—Y usted ¿qué la contestó?

—Que no las tirarían ustedes con nada: al contrario, que las recibirían muy bien...

—Perfectamente respondido... ¿Por qué te ríes, Nieves?

—¡Por qué me he de reír, papá? Por la pregunta de Rufita. ¿Se ha oído cosa más graciosa? ¿Por quién nos tomarán esas señoras?

—No le choque a usted, Nieves: es estilo muy corriente ese por acá.

—Y ¿cuándo piensan venir?

—Pues cuéntelas usted aquí a la hora menos pensada: de seguro antes de comer hoy.

—¿Tan pronto?

—Y no serán ellas solas... Es el estilo también.