—¡Qué canástoles, hombre! ¿Tan urgente es el caso?

—Urgente, así en absoluto, no señor...

—Pues entonces, ¡qué demonio! empleemos la sobremesa en puntos de más enjundia... Deme usted alguna noticia más de las gentes de nuestro tiempo. Verbigracia, del famoso boticario...

—Yo, con permiso de ustedes, los voy a dejar. Eso de las visitas me tiene con cuidado, y temo que me falte tiempo para arreglarme.

—Pues adiós, hija mía.

—Buen provecho, y hasta luego.

—A los pies de usted, Nieves.

—¡Ea! ya está usted empezando.

—¿Por dónde?

—Por donde usted guste o más rabia le dé.