—¿Se permite murmurar, ahora que estamos solos?
—¿De quién, hombre malévolo?
—Del primero que salte en la conversación.
—¡Como si supiera hacer otra cosa el inocente!
—Gracias por la lisonja.
—Es justicia, créalo usted... Pero ¿y si el que salte en la conversación no da motivos?
—Aquí todos le dan, poco o mucho, en diferentes sentidos.
—¿Hasta el pobre boticario?
—Ese es hombre aparte, no solamente en Villavieja, sino en todo el mundo sublunar.
—En fin, allá usted, que yo lavo mis manos...