—Sí; pero ¿y los del pago?

—Esos no te apuren: se toman a nuestra comodidad, o no se toman... o se corta por donde convenga; y que arda Troya si es preciso. A nosotros, ¿qué? Por de pronto, cenaremos para cobrar fuerzas; y con eso y el descanso de la cama, amanecerá Dios mañana y medraremos... ¡Catana! ¡Catana!...

Se presentó la rondeña a los pocos momentos, con una carta en la mano, y mientras se la alargaba a su señor, la dijo éste:

—Que se cierren los portones de la calle y que nos preparen la cena a escape... ¿Quién ha traído esta carta?

—Un mandaero.

—¿Espera la respuesta?

—No, zeñó.

Abriola don Alejandro, que ya había entrevisto al pendolista en la bastarda algo temblona del sobre; leyó la firma ante todo, y dijo a Nieves:

—De quien yo me presumía por la letra.

—¿De quién, papá?