—Del famoso farmacéutico. A ver qué se le ocurre al bueno de don Adrián.
«Sr. D. Alejandro Bermúdez Peleches.
»Mi amigo, señor y dueño: hallándome imposibilitado de salir hoy de ésta su casa por la torcedura de un pie (cosa de poca importancia); ausente mi hijo desde que se fue esta mañana a hacer una de las suyas, y no queriendo ser el último de sus buenos amigos en dar a ustedes la bienvenida, se la mando en estos renglones.
»Mientras llega la ocasión de dársela de palabra, tengo un señalado placer en repetirle que soy de usted verdadero amigo y seguro servidor q. s. m. b.
»Adrián Pérez.»
—Así habían de hacerse todas las visitas—dijo Nieves—, para que no resultaran pesadas.
—Pues precisamente es la de este perínclito boticario de las pocas, si no la única, que yo hubiera recibido hoy con verdadero placer. Tanto, que mañana mismo he de ir yo a verle.
—¡Ay, papá!—exclamó Nieves alarmada de veras—. ¿Y si vienen visitas estando yo sola?
—Ya se elegirá una hora conveniente—respondió su padre para tranquilizarla—. Y a mayor abundamiento, te llevaré conmigo, y tomaremos el aire de paso, y estiraremos los tendones; y si vienen visitas, que vengan; y si se amoscan... mejor... ¡canástoles! ¡Viva la libertad de Peleches!
Y se fueron al comedor, triscando como dos chiquillos después de salir de clase.