—¡Yo!... ¿a qué santo?

—Al santo de que ha ido media Villavieja... ¡Canario, cómo se conoce que tienen guita larga!

—Pues mire usted... (Allá va eso, Ayudante... Vaya usted contando: la carrerita del medio, carambola y billa... Aguarde usted, que también el mingo se va a colar... ¡Se coló!... Dos y seis, ocho; y seis, catorce. Apunta, muchacho.) Pues iba a decir que, sin que yo tenga personalmente nada que ver con ellos, ni los conozca siquiera más que de oídas, es lo cierto también que, por una casualidad, no estuve ayer en Peleches de punta en blanco, y que por poco más de lo mismo, no he subido hoy allá.

—¡No le dije yo? A ver eso, hombre.

—Y ¿qué ha de verse? Lo que le dije al principio: que nada tengo que hacer en Peleches, y que por eso no he ido.

—Como decía usted que por una casualidad...

—(Apunta eso más, muchacho... y no se queme, Ayudante. Ya sabe que soy un segador chiripero.) Lo decía por mi padre.

—Ahora lo entiendo menos.

—Mi padre es muy amigo de don Alejandro desde que éste andaba por acá. Ayer se torció un pie.

—¿Quién? ¿don Alejandro?