—No, señor: mi padre.
—Corriente.
—Torciéndose un pie... poca cosa... ya está casi bien. (¡De maestro, señor Ayudante, de maestro! Pérdida con tres palos, y cubierto yo; y además pegado como una ostra... ¡Carape!... Vamos, un tanto más para usted...) Pues torciéndose un pie mi padre en un hoyo de la botica, no pudo subir ayer a Peleches a saludar a ese señor; y no pudiendo subir, le escribió una esquelita a última hora de la tarde, al ver que yo no volvía.
—¿De dónde?
—De voltejear por afuera. Porque él había pensado que hiciera yo la visita en su lugar... (Otro golpe bueno, Ayudante. A ese paso, me la lleva usted. Pero ya nos veremos un poco más allá. Estamos veinticuatro por diez y ocho... ¿no es así? Me faltan doce... cuestión de un golpe o dos... ¡Ajá!... Apúntame esos cinco tantos por de pronto.) Al volver ya de noche, me lo contó mi padre con lo de la torcedura, que ocurrió después de salir yo de casa donde le dejé arreglándose para subir.
—¿Adónde?
—A Peleches... ¡Y quería que yo le acompañara!... Como ha querido hoy que subiera a decirles que todavía continuaba él sin poder salir de la botica...
—Y bien querido.
—¡Quite usted allá, hombre!... ¡Pues soy yo a propósito para esas embajadas y esos!... Todavía ayer, si hubiera estado en casa, por complacer a mi padre y no tener disculpa de fuste para lo contrario... ¡pero hoy, estando él ya para subir de un momento a otro, y después de la carta de anoche!... (¡Carape!... se me pasó la bola... Vaya otro respirito más para la agonía de usted, Ayudante.)
—Pero ¿por qué se resiste usted tanto a complacer a su padre en un asunto tan hacedero y llano y hasta gustoso?