—Por demás lo sabe usted, fiscal: porque no sirvo yo para esas cosas... vamos, que me pego a la pared lo mismo que un animalejo.

—Pamemas. Diga usted que le gusta lo cómodo, y acabemos...

—Que es la pura verdad, hombre: que soy así.

—Para lo que le conviene.

—¡Lo mismo que Dios está en los cielos!

Esto lo dijo Leto preparándose a jugar por la baranda de arriba; y al oírlo Maravillas, le soltó desde enfrente una sonrisita de las más acentuadas de las suyas. Leto la pescó en el aire, y casi se sintió mortificado; pero estaba más atento que a esas cosas, a la jugada que acababa de prepararle un descuido de su contrario.

—Así se los ponían a Fernando séptimo—dijo el fiscal, repitiendo una frase tradicional en los billares, en idénticos casos; es decir, cuando queda la bola contraria entre la del jugador y los palos y en línea recta, para fusilar.

—¿Se tira esto?—preguntó Leto al Ayudante repitiendo otra frase de billar.

—Y con mucho cuidado—contestó el Ayudante, dándose por muerto.

—Pues allá va.