—IX—
La familia del boticario

AS visitas de aquel día no fueron tantas en Peleches ni tan molestas para sus moradores, como las del anterior; porque en Villavieja, como en todas partes, había de todo, y el furor de la cursilería y de la presunción estrafalaria, había pasado con la nube de la víspera. Entre los últimos visitantes abundaron las buenas y honradas intenciones, los generosos deseos, hasta móviles de gratitud no olvidada a pesar de los años transcurridos; y en los más de los ejemplares se entendía bien claro que si llevaban encima los trapitos de cristianar y las vistosas galas, no lo hacían por vana ostentación, sino como debido tributo a la importancia de los señores visitados.

La única nota discordante en aquel conjunto de cosas bastante bien concordadas y soportables, y hasta entretenidas a ratos, fue la familia Carreño, o más propia y gráficamente «los Carreños» de la Campada, o, como si dijéramos, los Mucibarrenas de Villavieja, ya que a sus rivales sempiternos, los Vélez de la Costanilla, se les llamó, a su debido tiempo, los Butibambas. Para que todo fuera contrapuesto y antagónico en estas dos dinastías de Villavieja, hasta en el arte y la traza andaba la una al revés de la otra.

Ya se ha visto que los Vélez eran largos, huesudos, blancos, solemnes y fríos como estatuas sepulcrales. Pues los Carreños, como constaba de toda notoriedad en Villavieja y se vio en los cuatro ejemplares (matrimonio y dos hijas) presentados en Peleches, eran chaparrudos, cetrinos, bastos de líneas y facciones, crespos de pelo, mordaces de lengua e implacables de entraña. De estilo y de educación, como de estampa y de pelo.

Padres e hijas despotricaron a porfía durante tres cuartos de hora, y no dejaron honra limpia ni hueso sano en Villavieja. ¡Cuánto se felicitaba la Carreño madre (eran primos hermanos los cónyuges) por la venida de los Bermúdez a Peleches!

—¡Esto consuela, señor don Alejandro!—decía abanicándose briosamente el pescuezo con ronchas bronceadas—. Se ve una entre los suyos, y tiene con quién hablar y desahogarse... Porque en la soledad a que la obliga a una el decoro de la clase, se hacen allá dentro unas talegadas de asco, que da gusto desocuparlas después entre gentes que la comprendan a una y sepan estimar las cosas en lo que valen... ¡Si vieran ustedes cómo se va poniendo esto!... Ya no hay quién lo conozca. No queda un alma decente: todo es trapajería de ayer acá... hasta en el ayuntamiento; hasta en los empleados que nos manda el Gobierno para las oficinas que tiene aquí... Así es que, no queriendo apolillarme ni que se apolille nadie de mi casa en un desván, como algunos trastos viejos que yo me sé (los Vélez de la Costanilla), les digo a éstas (las hijas): a vivir alegres, y al sol; pero como si no hubiera en Villavieja más habitantes que nosotros. ¿Van esas puercas a la Glorieta? Vosotras a la Chopera. ¿Vienen ellas aquí abajo? Vosotras vais allá arriba. ¿Ellas hacia el Miradorio? Vosotras a los Arcos. ¿Ellas muy emperifolladas? Vosotras con lo peor, en camisa... en cueros vivos si fuera posible. Que lo vean, que comparen, que aprendan algo; y si les duele, a eso se tira... y al cuerno las grandísimas tarascas que se salen de su cascarón... Igual pasa cuando éste (Carreño) se lía con el ayuntamiento, pongo por caso, para que se haga o no se haga esto o lo de más allá: en lugar de aconsejarle que se esté quieto y deje rodar la bola que a él no ha de pisarle, le ayudo a que apriete más contra el lucero del alba, porque el día que se acostumbren ellos a no vernos y a no sentirnos, como si no quedaran Carreños en Villavieja, los demonios se lo llevarían todo y aquí no se podría parar.

Carreño se reía a carcajadas con estos dichos de su mujer; y como era bastante más avisado que ella, no los usaba tan crudos; pero en el alcance de la intención, no la iba en zaga. Las hijas, cargadas de similores y de cintajos, muy porosas y verdegueando, con la misma intención de casta rajaban en un estilo mixto de lo más malo de los otros dos.

—¿Sabes, papá—decía Nieves al suyo después que se marcharon los Carreños—, que eso de los aires puros que tanto recomiendas tú, no da siempre los mejores resultados en lo tocante a buenas ideas?... ¡Mira que de ayer acá llevamos oídas cosas buenas, y a gentes bien sanas de cuerpo!

—Yo te diré—contestó don Alejandro un poco atarugado con la inesperada observación de su hija—. Mirado el caso por encima y tal como él mismo se va metiendo por los ojos, parece que tienes razón; pero atendiendo a lo que debe atenderse; mirando como debe de mirarse ¿estás tú?... poniendo cada cosa en su sitio y a su luz correspondiente; midiendo esto y pesando aquello con la necesaria reflexión; no dando a ciertas... a ciertas, vamos, a ciertas pequeñeces accesorias, el valor de un hecho fundamental, ¿eh?... estudiando, en fin, el punto a conciencia... penetrándole hasta lo más hondo, como yo le tengo penetrado, lo infalible de mi axioma se palpa; pero hasta el extremo de que ese mismo argumento que a ti se te ha ocurrido, le da mayor realce todavía... como te lo podía demostrar yo ahora, si la ocasión fuera oportuna o lo reclamara una gran necesidad... Porque te advierto que la cuestión resulta algo metafísica, tratada como es debido; y no creo que te divirtiera gran cosa a raíz de una tanda de visitas como la que vienes aguantando.