Se ignora si las racionales dudas de Nieves quedaron desvanecidas con esta argumentación de su padre; pero es un hecho que la una y el otro, a pesar de tener citado a don Claudio en Peleches para el anochecer, tan hartos se vieron de visitas y tan necesitados de libertad y movimiento, que a las seis de la tarde se echaron al mundo por la Costanilla abajo, anticipando la salida dos horas a la convenida con el comandante retirado.

Ya se sabe que después de visitar la Colegiata, hicieron una larga parada en la botica, y que desde la botica se fueron a corretear por la villa hasta dar a última hora en el Casino. Poco importa lo que hicieron en él, y menos lo que les ocurrió andando al aire libre, que no abundaba ciertamente aquella tarde; pero hay que decir algo de su visita a don Adrián Pérez el boticario.

Uno, y dos, y tres... muchos abrazos se dieron los dos amigos. Se golpeaban las espaldas con las manos abiertas, se separaban, mirábanse un momento, se sonreían; y vuelta a abrazarse y a desabrazarse, y a mirarse y a sonreírse... y a todo esto, sin dejar de decirse cosas... «¡Caray, cuánto me alegro!—¡Con qué placer le abrazo, canástoles!—¡Otro, don Alejandro!—¡Con toda el alma, don Adrián!... ¡Si no pasan días por usted, canástoles!—¡Si está usted hecho un mozo, caray!... ¡Hala con otro!—¡Ya se ve que sí, ja, ja!... ¡Qué don Adrián tan famoso!—¡Vaya con el bueno de don Alejandro!—Pues sí, señor.—¡Vaya, vaya!...» Y así.

Después empezó el boticario con Nieves: no a abrazarla, sino a hacerla mil preguntas y cumplidos y a ponerla en los cuernos de la luna por «guapa moza», acabando por sacarla parecidos con cada uno de los Bermúdez que él había alcanzado, contra la opinión del Bermúdez presente, que sostenía, con mejores títulos, que era «toda de los de allá», casi un retrato de su madre.

Convínose en ello, porque, al cabo y al fin, al boticario igual le daba, y sentáronse el padre y la hija en las banquetas que don Adrián les arrimó, ofreciéndoles de paso un refresco de jarabe de moras o de agraz, que había en la botica, hechos en aquella misma semana... o chocolate que les bajarían de casa... «con toda franqueza». Se lo estimaron mucho, pero no quisieron tomar cosa alguna. Entre tanto, nada se había hablado todavía de la cojera de don Adrián, que se le notaba, no solamente al moverse, sino en llevar calzado con una chinela el pie de que claudicaba algo, y el otro con la bota de todos los días.

A lo que de él se sabe por don Claudio Fuertes, hay que añadir que era de regular estatura, moreno, enjuto, de ojos pequeños, pero listos, risueño de expresión, y de voz lenta y sin timbre alguno. Parecía algo socarrón, pero en realidad no lo era. Lo parecía, porque así resultaba de la combinación de su flemática y natural sosera, con la malicia aparente de sus ojuelos de ratón y lo risueño de su boca.

Lo del pie, por lo que le preguntó don Alejandro enseguida que se hubo sentado, había sido poca cosa: alcanzando el tarro del papaver album para preparar un medicamento, se puso de puntillas; y al sentar el pie en el suelo otra vez, se le hundió la mitad de hacia afuera en una rendija grande (que señaló con la mano). Nada, una ligera distensión que ya estaba curada con unas compresas de vejeto... tanto, que pensaba haber subido a Peleches un poco más tarde. Porque pensar que cumpliera por él su hijo, era pensar los imposibles... «¡Caray, qué muchacho ese!»

Y movía un poco la cabeza, y se sobaba el codo izquierdo, haciendo subir y bajar la manga de la levita con todo el hueco de la mano derecha aplicada allí.

Por aquel portillo, es decir, por la dulce e inofensiva lamentación del boticario, salió a plaza, provocada con verdadero interés por Bermúdez, la historia de toda la familia de don Adrián.

Al morir la boticaria, catorce años hacía, le quedaban cuatro hijos de los catorce que había tenido en su afortunado matrimonio. De los cuatro hijos, tres eran hembras. Corriendo el tiempo, la mayor se casó con el vista de aquella aduana; ascendiéronle pronto, y por esos mundos andaba el matrimonio cargado de familia; pero tenían todos qué comer, y eso consolaba algo. La segunda casó peor: con un villavejano recién hecho maestro de escuela. No le producía el oficio allí para lo indispensable; fuéronse a la ciudad creyendo mejorar de fortuna, y ya se habrían muerto de hambre sin el mendrugo que él les daba, quitándole de su mesa. La tercera se casó con un teniente de la Guardia civil, y también andaba, como la mayor, de la Ceca a la Meca, y también cargada de familia.