—¡Lo peor! ¿Y por qué, don Adrián?
—Porque es feo y hasta un poco... ¿a qué negarlo, qué caray!... Es feo... y raro, vamos. Pero cosas allá de su madre y su padrino, a cual más escrupuloso en la materia... eso es; porque san Leto era el santo de aquel día, primero de septiembre... Pero ¡caray! dije yo, aunque esa sea la costumbre en la familia, me parece a mí que, por una vez, bien se puede quebrantar... eso es, en gracia siquiera de lo raro del nombre: pongámosle otro más, para llamarle por él, y así queda todo arreglado. Que nones, don Alejandro; y, en fin, que se llama Leto... Eso es.
Declararon los oyentes, de todo corazón al parecer, que no había en el nombre nada de feo ni de raro, y, sin convencerse de ello, continuó don Adrián:
—Tampoco en Madrid dio un mal paso en su carrera: buenas notas siempre, mucho fruto... porque aquí, en la botica, le iba descubriendo yo cuando venía a pasar las vacaciones... y al mismo tiempo haciéndose un chicazo como un trinquete... no muy grande; pero bien cortado... eso es, y fuerte... y guapo, ¡qué caray!... y dócil y risueño que daba gusto. Pues, señor, que llegó a tomar el título y que se vino a casa, y que le arrimé a la botica para que practicara lo que había estudiado, eso es... porque sin práctica, de nada valen las teorías; y, amigo de Dios, como una seda desde el primer instante. Una soltura y un arte... un arte como si en toda su vida no hubiera hecho otra cosa... Pero, vea usted, ¡qué caray! no había que pensar en mirar muy de cerca lo que hacía, porque ya le tenía usted con las manos trabadas, materialmente trabadas, eso es... vamos, que hasta era capaz de echarlo todo a perder... por el genio, por el arrastrado genio.
—¿Lo tenía malo?
—¡Quiá! Corto... ¡o qué sé yo? Desde muchachuelo fue lo mismo; y ¡si vieran ustedes lo que eso le perjudicó durante la carrera!... Porque sin esa condición, hubiera lucido el doble trabajando menos: eso es. Pero yo esperaba que se le fuera modificando con el tiempo y según iba él viendo mundo y tratando gentes. ¡Quiá! En ese punto no ha habido señal de enmienda: al contrario, si bien se mira.
—Pero ¿tan corto es de genio, don Adrián?
—Tan corto o tan... yo no sé, don Alejandro, no sé lo que es. Él va a todas partes; él entiende de todo un poco, y es afable y cariñoso con todo el mundo... y es inteligente y listo, ¡caray! y placentero y servicial... eso es; pero al mismo tiempo tiene la manía de que cuanto a él se le ocurre es pura insignificancia, y cuanto hace, una chapucería, mientras que le para y le asombra cuanto piensan y hacen los demás... Le digo a usted que es raro el caso... ¡muy raro, caray!... y una lástima, sí, señor, una lástima; porque yo tengo mis razones para creerlo así, y sin que me ciegue la pasión de padre... sin que me ciegue, eso es... Digo que tengo mis razones, y verán ustedes por qué... Como tiene conmigo bastante confianza, porque al fin y al cabo soy su padre, en cualquier punto que tocamos en nuestras conversaciones se deja correr guapamente... vamos, sin recelo mayor que digamos... eso es... sin recelo; y el chico, entonces, habla y habla, no mucho, pero bien, hasta con su poco de calor... y con arte, ¡caray!... con... vamos, con fe en su idea; y eso que se le conoce que no da todavía todo lo que tiene; que ve en sus adentros... eso es, en sus adentros, bastante más que lo que dice... Pues ¡caray! ocurre que sobre esos mismos puntos le tira de la lengua el primero que llega a la botica, o le coge en la calle o en el Casino; y ya es otro hombre diferente: ya le falta, vamos, aquella seguridad, y aquel mirar sereno, y aquel orden en los razonamientos... y aquella firmeza de palabra... y ¿qué sucede? que amilanándose así, se desconcierta, se confunde, y sale del paso con una cuchufleta de chicuelo, eso es, cuando no con una tontería... ¡Caray! a mí no me gusta eso, y se lo digo así... «Pero, hombre, tente firme en tu puesto; habla con formalidad, eso es, con el aplomo que tú sabes cuando quieres...» Pues nada, don Alejandro: me responde muy serio que está convencido de que no se le ocurre cosa ni idea que valgan dos cuartos; que es una pura vulgaridad y un hombre enteramente insignificante, ¡caray! Y de aquí no hay quien le saque.
—Es raro eso, ¿verdad, Nieves? ¡Y para lo que hoy se usa!...
—Y les advierto a ustedes que lo mismo es en lo poco que en lo mucho. Por ejemplo: está cantando a media voz... en la botica o en su cuarto, porque él nunca está de mal humor... Digo que está cantando, y cantando bien, eso es... cosas de teatro que oiría en Madrid, creo yo, porque no se parece el cántico a los de acá... La voz es llena y de hombre, bien templada... vamos, una buena voz a mi entender: pues llego yo, o llega cualquiera: ya le tienen ustedes turulato, como si hubiera cometido un pecado mortal. Eso es... Otro caso más raro: tiene mucha afición al dibujo y a la pintura, y sus avíos correspondientes para lo uno y para lo otro... A lo mejor le ven ustedes encaramado en el Miradorio, o acurrucado en la vega, o delante de un paredón viejo, con el pincel en una mano, su cajita de colores en la otra, un pomito con agua a un lado y su libreta sobre las rodillas, pinta que pinta. Pues que le diga el más guapo que le enseñe lo que ha pintado... ¡caray! primero le enseñará el hígado... Eso es. Que se arrime alguno a él cuando se halla en estas operaciones: se pondrá encarnado como la grana, y ya no sabrá lo que hace...