—¡Conque también pinta?—exclamó Nieves que escuchaba con suma atención al boticario.
—¡Caray si pinta!—contestó don Adrián sobándose mucho el codo—; y hasta creo que bien, por lo que he logrado atisbar yo y lo poco que lo entiendo... Pero aguarden ustedes, que es posible que tenga alguna cosilla de esas en el cartapacio de su atril, donde suele guardar las recién acabadas...
Metiose el boticario en la trastienda, renqueando un poquillo; abrió una puerta que había a la derecha; entró por ella, y no tardó en volver con unas cartulinas en la mano. Púsolas en las de Nieves, porque ellas fueron las que más se adelantaron para cogerlas, y la dijo:
—Ahí está lo último que ha hecho. Ustedes, que lo entenderán mejor que yo, podrán decir si tiene algún mérito.
Nieves separó las cartulinas y pasó una mirada rápida sobre ellas, pero ávida y ardiente.
—¡Mira, papá—le dijo con entusiasmo volviéndose hacia él—, qué acuarelas tan lindas! ¡Con qué facilidad y con qué valentía están hechas! ¡Qué frescura de color!... ¡Ay, don Adrián!—añadió mirando al boticario que se derretía de placer con el éxito de aquellas obras de su hijo—. ¡Si viera usted lo que cuesta hacer estas cosas! ¡Si supiera usted las fatigas y los años que se pasan para llegar siquiera a la mitad de este camino!
—Pero ¿dónde demonios ha aprendido su hijo de usted a pintar, y a pintar de este modo?—preguntó don Alejandro que todo se volvía ojo para mirar y admirar las acuarelas.
—¿De manera—dijo muy suavemente el boticario, soba que te soba el codo—, que dan ustedes alguna importancia a esas pinturas?
—¡Muchísima!—respondieron unísonos Nieves y su padre.
—Me alegro, ¡caray! sí, señor, me alegro... Eso es. Pues Leto, según me ha dicho, aprendió a pintar así... porque algo ya lo sabía él desde el Instituto, con un compañero de posada que tuvo en Madrid, y parece que era pintor de nota... Eso es. Se querían mucho los dos y aún se escriben de vez en cuando. El pintor está en Roma ahora.