—¡Canástoles!... De manera que todo lo que te he estado predicando...
—Sermón perdido, papá del alma... ¡Y cuidado que te había salido bien! ¡Qué lástima!
—¡Aduladora! Pues mira, aunque mis sudorcillos me había costado, por bien perdido le doy.
—¡Eso es ser rumboso!... ¿Y no tienes que pedirme algún otro favor por el estilo?
—Mujer—respondió Bermúdez después de dudar unos instantes y rascándose un poco la cabeza con un dedo—, tanto como favor, no diré; pero otro ratito de plática amistosa, nada más que amistosa, del corte de la presente, puede que sí.
—¿Sobre Peleches también?—preguntó Nieves frunciendo un poco el entrecejo monísimo.
—Precisamente sobre Peleches, tomado como punto principal de la plática, no.
—Y ¿ha de ser ahora mismo la plática esa?
—Tampoco—respondió don Alejandro, volviendo a dudar y a rascarse—. Dentro de unos días, si se me ocurre y viene a pelo; porque te advierto, para tu tranquilidad, que no es asunto de vida o muerte para ti ni para mí... Hablar por hablar, como el otro que dijo, y cosas de señor mayor... porque ya voy subiendo los cincuenta y cinco arriba, hija del alma, y hay que tenerlo todo presente a estas alturas, y mirar a muchos lados, por si a lo mejor se le van a uno los pies... y sanseacabó el viaje de repente, ¡canástoles!
—Vaya—dijo aquí Nieves con un gestecillo muy gracioso—, hazte el ancianito ahora y ponme triste a mí.