—¡Eso sí que fuera una gansada de órdago!—exclamó Bermúdez formalmente indignado contra sí mismo—, y sin maldita la necesidad; porque, hoy por hoy, siento retozarme en el corazón la vida de los treinta años... Es la pura verdad, créemela por éstas que son cruces. Dije eso... por decir.

—Pues por decir dije yo lo otro, inocente de Dios,—respondió Nieves a su padre dándole un beso en la mejilla correspondiente al ojo huero.

—Pelillos a la mar entonces,—concluyó, casi llorando de gusto, el buen Bermúdez Peleches, y pagando el beso de la hija con otro muy resonado.

—¿De modo—añadió ésta quedándose delante de la silla que antes había ocupado—, que no hay más asuntos que tratar por ahora entre los dos?

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque tengo que hacer en otra parte de la casa... Ya ves tú, la señora de ella, y lo mejor del día gastado en conversación...

—¡Canástoles, lo que voy a salir yo ganando con un ama de gobierno tan hacendosa como tú!... Pues respondiendo a tu pregunta, digo que no hay más asuntos.

—Hasta luego entonces.

—Hasta siempre, hija del alma... ¡Ah! por si se me olvida después: ya sabes que el primer ejemplar de tu retrato ha de ser para los de Méjico. El suyo, a la hora presente, debe de estar ya si toca o llega.

Se dio por enterada Nieves con un movimiento de cabeza sin volver la cara, y salió de la estancia. Su padre salió también, pero con rumbo opuesto, y se encerró en su despacho, en el cual escribió una muy extensa carta, que mandó más tarde al correo, con sobre dirigido «Al Sr. D. Claudio Fuertes y León, comandante retirado, en Villavieja».