—Ya, ya—respondió Bermúdez que no podía agarrarse más de lo que estaba—; pero lo que veo yo es que el agua anda si entra o no entra por este costado, y que vamos echando demonios.
—Y aunque entrara, ¿qué?
—¡Pues digo! ¡como si fuera lo más usual y corriente!
—Y lo es, señor don Alejandro; y va el Flash tan guapamente con un par de tablas de la cubierta debajo del agua.
—¡Canástoles!
—¿Quiere usted verlo?... ¿Se atrevería usted, Nieves?
—¡Pues no he de atreverme?—respondió ésta como extrañada de que Leto lo pusiera en duda.
—Por visto, señores, por visto—dijo resueltamente Bermúdez—. ¡Canástoles! para prueba sobra con esto, que no es poco, sin necesidad de que tentemos a Dios.
Nieves y Leto, y hasta Cornias que atendía a la escena medio sentado arriba sobre el tejadillo del tambucho, se echaron a reír.
—Mira, papá—dijo de pronto aquélla—, qué bonita es esta costa de la bahía. ¡Cuántas islillas verdes que apenas se alcanzan a ver desde casa! ¿Y don Claudio y don Adrián? ¡Qué lejos quedan!... ¡Míralos!... Creo que saludan.