—Hija mía—respondió Bermúdez sin volver hacia ella más que la intención, porque la visual del ojo útil se la estorbaba la nariz—, necesito ambos brazos para agarrarme, y toda la voluntad para guardar el equilibrio en esta postura. Contéstalos tú por mí, si te parece.
—Ya lo hago por todos—repuso Nieves volviendo el busto hacia el muelle y agitando el pañuelo con la mano izquierda. Después de unos instantes de silencio, añadió, con el oído muy atento hacia proa—: Fíjate bien, papá.
—¿En qué, hija?
—En el ruido que va haciendo el barco... Lo mismo que si fuera arrastrándose sobre papel de seda.
—Exactamente—confirmó Leto—; y si usted continúa fijando la atención en ese ruido, llegará a oír conversaciones, y cantos a la sordina... y todo lo que usted quiera, hasta acabar por dormirse.
Tras esto callaron todos por un buen rato, como si se tratara de poner a prueba las afirmaciones de Leto, mientras el yacht continuó deslizándose al mismo andar. De pronto dijo Nieves dirigiéndose a Leto:
—Pues tiene usted razón: fijándose mucho en el ruido ese, se oye todo lo que se quiere oír... ¿No crees tú lo mismo, papá?... ¡Mira qué llana, qué brillante y qué hermosa está la bahía! Parece un espejo muy grande.
—Muy grande, muy hermosa y muy llana—respondió Bermúdez inmóvil y rígido—, y muy entretenidas esas cosas que decís que se oyen debajo del barco: todo está muy bien, menos esta condenada postura que no me deja gozarlo. Esto es un despeñadero.
—Pues cuidadito ahora—le advirtió Leto sonriéndose—, porque va a inclinarse un poco más.
—¡Más todavía, hombre?—exclamó Bermúdez, queriendo clavar las uñas en la brazola—. Y ¿por qué?