—Porque voy a preparar la virada, dando mayor andar al barco.

Dicho esto, metió la caña a estribor; con lo cual, presentando el Flash mayor superficie al viento, recibió mayor impulso de él; y el festón espumoso que andaba lamiendo por fuera el carel de babor, le echó unas cuantas lengüetadas por adentro. Entonces gritó Leto a su edecán:

—¡Cornias... a virar! ¡Salta escota foque!

Obedeció Cornias en el aire; orzó Leto vigorosamente, y el yacht fue virando y enderezándose, hasta ponerse horizontal como le quería don Alejandro, y, según la lengua del oficio, a fil de roda, es decir, cara a cara con el viento.

En esta posición el barco, las velas, deshinchadas y lacias, comenzaron a restallar, con tal estrépito, que asustó a Bermúdez y sorprendió a su hija.

—Pasen ustedes ahora a este otro lado—les dijo Leto, señalándoles el frontero al que ocupaban en el pozo.

Así lo hicieron, y con mucho cuidado para no dar con la cabeza en la botavara. Tomó el viento al balandro por aquella banda, cayó el aparejo hacia la opuesta; y henchidas de nuevo las velas, comenzó el Flash a navegar hacia la derecha de idéntico modo que lo había hecho hacia la izquierda.

—Notarán ustedes—dijo Leto—, que vamos caminando en ziszás. Con el viento por la proa, no hay otro modo de subir estas pendientes. Vean ahora lo que vamos adelantando en la subida. Ya cuesta trabajo conocer a don Claudio y a mi padre, que se van alejando hacia la villa.

—La verdad es—respondió Bermúdez—, que con estas aventuras había vuelto a echarlos de la memoria.

De bordada en bordada llegó el Flash a la ancha boca del puerto. Don Alejandro, que no apartaba el ojo del carel de sotavento, lo conoció por las cabezadas que daba el barco, a causa de la trapisonda que ya había por allí, y por cierto malestar de su estómago. Dio entonces por más que suficiente la distancia recorrida; y con gran sentimiento de Nieves, que tenía los cinco sentidos puestos en los lances del paseo mar afuera, viró el balandro y se puso en rumbo al muelle. De esta manera iba empopado y sin las contrariedades que tanto molestaban a don Alejandro. Teniéndolo en cuenta Leto, izó toda la lona; y navegando así como una exhalación, pudieron estimar Nieves y su padre lo merecido que tenía el hermoso yacht el nombre de Centella que le habían puesto.