También Rufita González echó sus garbancitos fuera de la olla, disparándose sobre el tema de su «primo carnal» al enseñar a los de Peleches el gabinete que se le había dispuesto «en aquella pobreza», por si tenía a bien aceptarle cuando viniera, con el cariño con que había de serle ofrecido. De aquí pasó de un salto a los rumores públicos, a las bromas que a ella la daban amigos y conocidos, y a lo equivocados que andaban unos y otros en el supuesto. Fue largo el disparo y terminó de este modo:
—Lo que yo les digo: eso a los comparientes de Peleches, si acaso. Allí hay hermosura y elegancia y trigo por largo, ¡ja, ja, ja!... para tentar las codicias y los buenos gustos de un joven tan distinguido y tan hermoso como mi querido primo carnal... ¡Ja, ja, ja, jaaá!...
La canción aquella, por repetida y chabacana, puso colorada a Nieves y supo a rejalgar a su padre.
—¿Pero has notado qué tema el de esa chica?—díjole aquélla en cuanto pisaron los dos el suelo de la calle—. ¿Por qué le tiene?
—Porque es una tarasca—respondió Bermúdez—, que se alampa por novio y quiere que le cuelguen ése.
—Y lo que supone de él... y de mí, ¿de dónde sale y por qué lo dice ella?
—Esas cosas se suponen siempre por el público entre primos como vosotros, o las dan por supuestas y se las espetan a los interesados, con distintos fines, marimachos imprudentes como Rufita González.
Durante estas tareas, los de Peleches, antes de subir a casa, tomaban un respiro en la botica y echaban un párrafo con los boticarios sobre las gentes y las cosas recién vistas y pasadas.
—Enséñeme usted más acuarelas—decía a lo mejor Nieves a Leto—, o más dibujos.
Y Leto la complacía de muy buena gana; y con motivo de los dibujos o de las pinturas, otro párrafo mano a mano entre la sevillanita y el mozo farmacéutico, párrafo que a éste le sabía a gloria.