—Tiene usted que enseñarme—le dijo ella en una de estas ocasiones—, a pintar estas manchas de árboles. A mí no me salen más que emplastos, que lo mismo pueden ser peñascales que arboledas o que nubes de granizo... Suba usted esta tarde, si no tiene mucho que hacer...

Y subió Leto por la tarde.

Otro día le dijo en la botica:

—He echado a perder aquello que dejó usted empezado para que yo lo continuara. Suba usted esta tarde para enmendarlo, si es que tiene enmienda.

Y subió Leto también.

En éstas y otras, se acabaron las visitas, y los señores de Peleches proclamaron la independencia del solar, con todos sus habitantes, usos y buenas costumbres.

Por remate del acto dijo el padre a la hija:

—Hemos cumplido nuestro deber, no sólo como honrados, sino como héroes. Ahora, hija mía, buen corazón para todos y buena cara donde quiera que nos encontremos con ellos; pero nada más y como si no hubiera habitantes en Villavieja. Si ladran, que ladren; si muerden, que muerdan. ¡Viva la libertad con orden! como se gritaba en cierta ocasión, y a vivir a nuestro regaladísimo gusto, ¡canástoles! que para eso hemos venido aquí.

Desde aquel acuerdo solemne entró la vida de los Bermúdez en los ordenados términos de los planes traídos de Sevilla en embrión. Puestos así en tela de juicio en Peleches, don Claudio Fuertes trazó las líneas generales del extenso programa, y el hijo del boticario, que fue llamado a aquel respetable consejo como elemento indispensable de acción y de inteligencia, completó la obra acomodándola en todo, por todo y para todo, a los deseos y a los gustos de Nieves.

Los días eran largos, el tiempo estaba a placer y Nieves en sus glorias madrugando mucho y acostándose tarde. Había, pues, tela abundante en qué cortar, y el buen humor, la salud y los recursos daban para todo: para el campo y para la mar; para lo de puertas afuera y para lo de puertas adentro; para la vida activa a la intemperie, y para la del arte y la de familia a la sombra de los viejos paredones de Peleches...