—Perdone usted—le dijo al mismo tiempo—, si esto tiene algún valor especial... Yo no lo sabía.

—¡Qué ha de tener!—exclamó Leto, sin saber lo que se decía—. Eso es un clavel...

—Ya lo veo—interrumpió Nieves, como si no se enterara de la turbación del otro—; y rojo... y doble.

—Sí, señora: doble y rojo—repitió Leto—. Un clavel doble y rojo que yo tenía en la boca en cierta ocasión, mientras dibujaba... ¿Está usted? Pues bueno: estando así, se le partió el rabillo y se me cayó al suelo; y entonces yo... maquinalmente, le cogí... y, maquinalmente, le guardé donde usted le ve; y ahí se ha quedado hasta hoy...

—Muy bien hecho, Leto—dijo Nieves volviendo a mirarle con la misma sonrisita maliciosa—. Eso es lo que debe hacerse siempre con los claveles que se caen de la boca... y no lo que se hizo con uno que yo recuerdo... Rojo era también y doble, si no me engaña la memoria... y en el suelo se quedó el infeliz... Verdad que no valía la pena de ser guardado, porque la boca de que se había caído era la mía.

Leto, al sentir esta estocada, se estremeció de pies a cabeza y se puso de veinticinco colores; y Nieves, al verle así, soltó la risa con toda su alma.

—Suyo o ajeno el clavel—le dijo en seguida—, el encontrármele yo aquí ha sido causa de un mal rato para usted. ¡Cuánto lo siento! Volvamos la hoja, si le parece, y veamos los dibujos.

¡Qué dibujos ni qué carape! ¡Bueno estaba Leto ya para entender en cosa alguna sino en el asunto del clavel que se le había caído a ella de la boca! Por las señales, no solamente había notado Nieves el suceso que tanto le había preocupado a él, sino que le había parecido muy mal, claro: como tenía que parecerle; como que había sido la mayor gansada que podía cometer un hombre acompañando a una señorita. La casualidad le brindaba una ocasión de acreditar que la falta cometida se había reparado en lo posible... Pues ¡carape! aprovechar esa ocasión sin pérdida de momento... Que este recelo, que el otro, que si podría tomarse la aclaración así o del otro modo, por este lado o por el de más allá... Que se tomara, ¡carape! que se tomara, aunque fuera por el extremo más absurdo: cualquier cosa menos pasar plaza de rocín en el concepto de una mujer como aquella... ¡Cuidado si tenía picante la alusión que le había hecho!...

Enardecido con el fuego de todas estas reflexiones que le pasaron en un instante por el magín, respondió con gran energía a lo dicho por la sevillana:

—No hay dibujo que valga, Nieves, mientras no quede orillado el punto del clavel que se le cayó a usted de la boca... Hablemos de eso un instante.