—¿Quiere usted enseñármelos?—le preguntó Nieves.

—¿Ahora mismo?...

—Ahora mismo—respondió la sevillana con un mirar que no admitía réplica.

Pasó Leto la tijerilla a la mano izquierda después de haber colocado debajo del mismo brazo la cartera, o más bien, cartapacio de Nieves, y sacó del bolsillo derecho su álbum de apuntes... Pero en el momento de entregársele a Nieves, se atarugó más que la otra vez, y se puso, no rojo como entonces, sino pálido... ¡Carape! ¡buena la había hecho! ¡Pícara memoria y pícaros aceleramientos los suyos! No tuvo otra cosa en la cabeza toda la noche, y al fin se le olvidó hacerlo al echarse el álbum en el bolsillo, de prisa y corriendo; porque ya se iba sin él... ¡Carape!... Y que ya no había enmienda posible.

Pensando así, entregó el álbum a Nieves, con la forzada abnegación con que se entrega un criminal a la Guardia civil.

—Hágame usted el obsequio de abrirle—la dijo—, porque yo no tengo más que una mano desocupada... Esta es la tapa de arriba... Así... Yo le diré en qué hojas están esos dibujos.

—Es que pienso verlos todos—le advirtió Nieves abriendo el álbum como Leto quería.

Y es claro, en cuanto quedaron sueltos los broches, el álbum se abrió solito por las páginas entre las cuales estaba el contrabando que pensaba Leto escamotear al ir pasando las hojas con la mano libre.

La palidez del pobre mozo se trocó en carmín subidísimo.

Nieves le miró entonces con una sonrisilla muy picante.