—Y a las Escribanas, ¿las conoce usted?
Con esta pregunta se quedó Leto bastante atarugado y algo encendido de mejillas: ¡le había dado tantas bromas el fiscal con la Escribana mayor! Pero se rehízo enseguida, y contestó a Nieves:
—Otras bachilleras por el estilo.
No coló el disimulo; porque Nieves, aunque no le miraba de frente, le pescó el fogonazo en la cara y la sacudida que le había precedido.
—No lo decía por tanto—repuso a buena cuenta y por si había dado en blando la pregunta.
Un poco más adelante y bastante adentro ya del pinar, seguidos a corta distancia de los dos señores mayores, que se despistojaban mirando acá y allá por si se rebullía alguna tórtola en las inmediaciones del sendero:
—¿Llegaremos pronto al sitio ese?
—Antes de diez minutos—respondió Leto—. Ya estamos casi en la explanadita en que hemos de comer; a poco más de veinte varas a la derecha está lo que buscamos.
—Por supuesto, que traerá usted los dibujos de ello, que le encargué anoche.
—Como lo prometí—respondió Leto señalando uno de los bolsillos de su americana.