—¿Conoce usted a Rufita González?

—¡Quién no la conoce en Villavieja?—contestó Leto.

—¡Qué bachillera, eh?

De buena gana hubiera confirmado Leto esta opinión con un ejemplo que se le vino a la punta de la lengua; pero considerando que podría mortificar con él a Nieves, si no mentían ciertos rumores y otras determinadas señales, se limitó a decir, marcando mucho el acento admirativo:

—¡Muy bachillera!...

—Siempre que habla conmigo—añadió Nieves—, quiere darme a entender que nuestro primo Nacho desea casarse con ella.

—¡Carape!—exclamó Leto para sus adentros—; pues ese era mi caso, y ahora resulta que le importa a ella menos que a mí.—Y en voz alta dijo—: Eso precisamente es lo que más la califica.

—Y ¿por qué no ha de ser cierto lo que afirma?—preguntole Nieves vuelta un poquito hacia él y enviándole las palabras bajo los fuegos de una mirada firme y serena.

—Porque no puede ser—respondió Leto con su correspondiente serenidad—; porque no hay razón para que lo sea; y, en cambio, hay una de mucho peso para que resulte mentira.

Nieves no mostró el menor deseo de conocer aquella razón, y así quedó el asunto. Un poquito más allá, preguntó a Leto: