—Lo sé, tía; y tampoco ignoro que la pobreza no es deshonra.
—Y ¿qué entiendes tú de eso, mentecato?... Repito que vivías pobre y hambriento en el último rincón de una aldea.
—Y yo insisto en que no lo he olvidado, y no me avergüenzo de recordarlo.
—Añado que tu madre vivía á expensas de una limosna que le pasaba tu tío.
—Mi madre ha muerto ya, señora—replicó César llorando de indignación y de pena,—y no recuerdo que en vida la ofendiera á usted jamás.
—¿Y por ventura la ofendo yo ahora en algo?... ¡Ha visto usted, las almas tiernas?—recalcó la víbora con una sorna verdaderamente inhumana.—Ea, límpiese usted los mocos y escuche con el respeto que me debe.
—Ya escucho, señora,—dijo César conteniendo mal su emoción.
—Compadecidos de tanta miseria—prosiguió la implacable mujer,—te trajimos á nuestro lado, te dimos generoso albergue y te colocamos á las puertas de un brillante porvenir.
—Nunca he dejado de agradecerlo: bien lo sabe Dios.
—¡Mucho!