—Puesto que tan necesario lo crees, hágase... Pero entiende que yo lavo mis manos; y echando sobre tu conciencia toda la responsabilidad de tan delicado asunto, á tu cargo dejo también la enojosa tarea de prevenírselo á ellos.
—Enhorabuena—exclamó gozosa y triunfante doña Sabina:—verás cómo no me muerdo la lengua ni me paro en remilgos de colegiala.
Y salió como un cohete, dejando á su marido agobiado bajo el peso de aquella nueva desdicha con que quizás el cielo castigaba su falta de carácter, fuente y origen de todas cuantas le abrumaban y consumían.
IV
No es difícil imaginarse la situación de ánimo en que se encontraría César después del diálogo, que ya conocemos, con su prima. Veinte años, rosas y tomillo por ilusiones, y un corazón que, á la edad en que otros estallan al contacto de vulgares desengaños y prosaicas realidades, encuentra en otro, también puro, también virgen, eco dulce y tierna correspondencia para todas sus impresiones y para todos sus más sublimes anhelos. Huérfano sin más porvenir en el mundo que la caridad de su tío, y en una época de la vida en que sentando ya muy mal el trompo en su mano, todavía no caía bien en su cuerpo la librea de los hombres formales, era dueño, absoluto dueño del misterioso impulso de las primeras emociones de un alma como la de Enriqueta, cuyos raros atractivos, como los rayos del sol, nadie ponía en duda. Figurábase que todos los ángeles del cielo habían bajado á buscarle y á buscar á Enriqueta, y que después de colocar á los dos sobre nubes de nácar y arreboles, los mecían en el espacio sin límites, lejos, muy lejos de la tierra miserable, hasta darles por morada venturosa región de perpetua primavera, en la cual correrían sus vidas sin término y sin dolores.
Por tales alturas andaba la imaginación del pobre mozo, cuando entró en su cuarto doña Sabina, punzante la mirada, airado el continente y violento el paso.
De un solo brinco puede decirse que descendió de su risueño paraíso, tan pronto como vió á su lado aquella serpiente, y desde luego creyó que semejante nube no podía menos de aparecerse para tapar el cielo de color de rosa en cuyos horizontes sin medida acababa de perderse su alma enamorada.
—Escúchame, César, y advierte que yo no hablo nunca en broma,—dijo doña Sabina por todo saludo y en ademán airado.
—Diga usted, señora,—contestó el joven, aturdido y trémulo, dando por seguro que su conversación con Enriqueta había sido oída por alguien más que ellos dos y los angelitos del cielo.
—Vivías pobre y miserable al lado de tu madre hambrienta.