—Desde que es bueno, honrado é inteligente.
—No tiene un cuarto.
—Á mi lado podría hacer un caudal.
—Mejor le hará en América; y á fe que para mandarle volver, si es rico, siempre hay tiempo.
—Pero y tu hija, si es cierto que le ama, ¿qué será de ella?
—Mi hija... y la tuya, es una niña todavía, y con el mismo afán con que se entrega á un capricho, se olvidará de él. En todo caso, eso corre de mi cuenta, y yo te aseguro que antes de un año me dará las gracias por haberla separado de semejante peligro.
—¿Luego cuentas ya con esa separación?
—Resueltamente, porque es indispensable.
Don Serapio quiso todavía resistirse; pero con un carácter como el suyo y un enemigo como el que le acosaba, toda lucha era imposible. El asunto podía ser de inmensa transcendencia, y el apocado marido no le veía «bastante claro» para decidirse á hacer, en honor á la justicia, una hombrada que necesariamente había de ser causa de una serie infinita é insoportable de tempestades domésticas. La verdad es que reflexiones como ésta se las hacía él á cada dificultad que le ofrecía el genio diabólico de su mujer; y así se le iba pasando la vida sin hacer la hombrada que tan bien hubiera sentado á su autoridad, y tantos desastres le hubiera evitado, hecha á tiempo.
Armóse, pues, de toda la gravedad que juzgó del caso, y atrevióse únicamente á decir á su mujer: