—¡No es cierto eso!
—¡Mocosuelo! ¿Aún te atreves á desmentirme?
—Y ¿por qué he de confesar una falta tan grave si no la he cometido?
—Porque la cometiste. ¿Negarás que hay entre esa chiquilla sin experiencia y tú, cierta?... No quiero decirlo, porque me indigna; pero ya me comprendes.
—Cierta simpatía. ¿No es eso lo que usted quiere dar á entender?
—Y ¿cómo se adquieren esas «ciertas simpatías»?
—Eso es lo que yo no sé.
—¿Y nunca trataste de preguntárselo á tu prima?
Estas palabras hicieron bajar á César los ojos avergonzado. Jamás se le había ocurrido al sencillo muchacho que fuera un delito hablar de esas cosas con Enriqueta.
Doña Sabina aprovechó la ocasión que le ofrecía la actitud de delincuente de su sobrino, para continuar con más dureza sus apóstrofes.