—Y el acudir á tu prima con semejantes conversaciones, ¿no era tanto como tratar de interesarla en tus atrevidos propósitos?

—Le juro á usted, tía, que no comprendo lo que eso quiere decir.

—¡Miren el hipócrita!... ¿Si querrá también que le regale yo el oído!... ¿Cuándo pudiste soñar que la hija de su madre llegara jamás á ser la señora de un piojoso como tú?

Al oir este brutal apóstrofe creyó el pundonoroso muchacho que el corazón se le partía en pedazos; sintió como hielo fundido que circulaba con su sangre, y hasta cayó en la cuenta de que su tía hablaba llena de razón. ¿Qué títulos tenía él, ciertamente, para ocupar todo un corazón como el de Enriqueta? Antes de aventurar confianzas como las que había depositado en su prima; antes de prestar oídos á las palabras de ésta; antes, en fin, de dar fomento á ningún género de ilusiones como las que él se había forjado, debió considerar su pequeñez, su procedencia y su obscuro porvenir. Creyó de buena fe que su tía le apostrofaba llena de razón, y no teniendo valor para disculparse, echóse á llorar con todo el desconsuelo propio de un niño, como, no obstante la edad, era él todavía.

—Bueno es el arrepentimiento—díjole entonces doña Sabina aparentando ponerse más blanda;—pero eso no basta en este caso: se necesita mucho más. Y no vayas á creer que yo doy importancia á esas niñerías porque me proponga corregirlas á tiempo, como es deber mío. Por de pronto, no creo conveniente que, después de la formalidad que tu prima y tú habéis dado á ese juego, sigáis habitando la misma casa.

—Con lo que usted me ha dicho antes—contestó entre sollozos el maltratado chico,—hay más de lo suficiente para comprender que no debo vivir ya en esta casa, aunque fuera de ella me faltara pan que llevar á la boca.

—Bien; pero como de nada serviría que trocaras esta casa por otra si seguías frecuentando el escritorio...

—¿Pues de qué se trata entonces?—preguntó César aterrado.

—Tranquilízate, que no se te arrojará á la calle para que te recoja la caridad pública. Irás fuera de aquí, pero bien recomendado y adonde en poco tiempo puedas, con honradez y trabajo, crearte una posición.

—¿Y qué país del mundo es ése?—preguntó el atribulado joven, pálido como la cera.