—Por ejemplo... América,—respondió la despiadada mujer, estudiando en su sobrino el efecto de sus palabras.

Y mientras éste buscaba un punto de apoyo con su mano para sostenerse de pie, tras una breve pausa, durante la cual los ojos suplieron con ventajas á la lengua, concluyó su tía con estas palabras que no admitían réplica:

—Conque ve disponiéndote para el viaje, porque estamos resueltos á que le emprendas en el primer buque que salga del puerto para la Habana.

Tras esto y una mirada rencorosa y torcida, salió de la habitación, dejando á su infeliz sobrino en el estado que puede figurarse el pío lector.

Del cuarto de César pasó como un chubasco al de Enriqueta, á quien habló del propio asunto y con la misma bondad que había usado con su primo. La pobre chica tampoco tuvo valor para disculparse. Á las primeras palabras de su madre cayó vencida, como débil arbusto á los embates del huracán. Pintóle hasta como pecado mortal su debilidad de corresponder al afecto profano de su primo, y lo creyó; pero no dejó por eso de recibir como una puñalada la noticia de que César iba á abandonar aquella casa, y hasta la patria, acaso para siempre.

Terminado este segundo sacrificio, doña Sabina corrió al lado de su marido, que continuaba paseándose meditabundo.

—Todo está ya arreglado—le dijo muy satisfecha.—César comprende la situación de las cosas y quiere marcharse á América cuanto antes. Conque ocúpale desde mañana en preparar su viaje.

—¿Y Enriqueta?—preguntó don Serapio sin dejar su paseo y sin mirar á su mujer.

—Enriqueta—contestó con desgarro doña Sabina,—es una chiquilla con quien no se consultan ciertas cosas: se le mandan y nada más. Está enterada y conforme; y esto te excusa de hablar una sola palabra con el uno y con la otra.

—Corriente—dijo don Serapio siguiendo su paseo. En seguida se detuvo, y mirando con fijeza á su señora, exclamó:—Pero vuelvo á repetirte que dejo á tu conciencia toda la responsabilidad de este acto.