Después se habían separado llorando.

Don Serapio, por su parte, había hecho en aquellos momentos, de prueba para él, cuanto un padre pudiera hacer por su hijo; y en rigor, al marchar César á América no hubiera debido quejarse de su suerte, sin las circunstancias que le obligaban á emprender el viaje y sin la consideración de que en su patria y junto á la única familia que le quedaba, podía haber hallado trabajando, la posición social que anhelaba en sus modestas ambiciones.

VI

Pudiera decirse que desde el mismo día en que César abandonó la patria, comenzó doña Sabina á poner en ejecución el plan que había ideado para arrancar del corazón de su hija hasta el recuerdo del malaventurado chico; y como aquella mujer todo lo subordinaba al fausto y al relumbrón, dicho se está que de este género fueron las armas que eligió para vencer al enemigo que la quitaba el sueño.

Si antes iba al teatro dos veces por semana, desde entonces fué siete; á cada cambio, no ya de estación, sino de temperatura, nuevos trajes para la niña... y para su madre; recepciones suntuosas en su casa; asistencia á cuantas se celebraban en las del gremio, sacrificando al objeto viejas antipatías é inveterados odios. En el otoño, á Madrid; por Semana Santa, á Sevilla; en el estío, á las Provincias; en invierno, á París, y en París y en las Provincias y en Sevilla y en Madrid, el oro á torrentes y las galas á montones.

—Ya ves, hija mía—decía con frecuencia á Enriqueta la amorosa madre,—el rey del mundo es el dinero: por él brillas en la sociedad; por él acuden adoradores al resplandor de tu belleza; por él viajas, gozas y aprendes; eres la admiración de las pobres y la envidia de tus iguales. Con una posición menos brillante que la tuya, estarías metida en el rincón de tu casa; llegarías á ser la esposa de un modesto traficante, ó de un abogado de talento; pasarías la vida sufriendo la pesada carga de tus hijos, y acabarían por hastiarte las virtudes de tu marido, si no te llevaba al mundo y no podías hacer compatibles las tareas de la madre con los triunfos de la gran señora. Por eso te encargo como madre tierna y te aconsejo como amiga cariñosa, que no te dejes vencer nunca de los impulsos de tu corazón de mujer; que estudies bien á los hombres que se te acerquen, y que, en la duda, si duda puede caber en esto, te decidas siempre por el más rico, sin que por eso te hagas esclava de ninguno. Á esto te obligan tus conveniencias, la sociedad en que vives y el nombre que llevas.

¿Labraban algo estos peregrinos consejos en el ánimo de Enriqueta, ó seguía ésta llenando su corazón con el recuerdo del pobre César? No es prudente llegar ahora á tales profundidades con el escalpelo de las conjeturas. Baste declarar, y eso porque se veía, que Enriqueta, en la plenitud entonces de su belleza, no mostraba la menor repugnancia á seguir la senda en que la había colocado su madre. El continuo trato de tan diversas gentes, habíala hecho perder el natural encogimiento de sus años primaverales, su aire meditabundo y su aversión á la bulla y á la agitación de los centros del mundo elegante. En cambio, había ganado una multitud de recursos atractivos, hijos del arte de agradar á los hombres y desesperar á las mujeres menos artistas; recursos que, por de pronto, revelan en quien los posee afición y desenvoltura. Sabía como ninguna hacer crujir, andando, la seda de su vestido; entretener largo tiempo con agudezas y discreteos una corte de aduladores; cantar al piano una romanza sentimental ó unas seguidillas picantes, con todo el donaire de una consumada artista, aun cuando la escuchara un público desconocido; y, por último, esgrimir los ojos, la morbidez del brazo, la pequeñez del pie y la flexibilidad del talle, con una fuerza de encanto irresistible. Pero, á la vez, preciso es confesarlo si hemos de ser escrupulosos historiadores, no perdía ocasión de preguntar á su padre si César escribía, si estaba bueno y si andaba ya en camino de llegar pronto á la fortuna. Á lo cual respondía siempre el pobre hombre que su sobrino continuaba siendo tan cariñoso; que no tardaría en ser rico y en volver al país, y que en sus cartas siempre le preguntaba por todos y cada uno. ¿Quería don Serapio (que sin embargo decía la verdad) mantener vivo en su hija el fuego de la combatida pasión, para llevar adelante su contrariado proyecto, ó simplemente responder á las preguntas que se le hacían? Y estas preguntas, ¿eran hijas de un sencillo deseo de ver cuanto antes al ausente, ó de un afán de que éste fuera muy rico para, en caso muy probable, preferir, en la necesaria elección, lo que, sin salir de los preceptos de su madre, no repugnase á su corazón? Vaya usted á adivinarlo.

Lo que no ofrece duda es que al cabo de seis años pasados por doña Sabina en constante despilfarro, la casa de su marido no pudo con ellos: llegó don Serapio á no hallar ya puntales con qué sostenerla, y no tuvo más remedio que armarse de valor y decidirse, por primera vez en su vida, á hacer la consabida hombrada, convencido de que antes de pocos meses tendría que presentarse ante sus acreedores y declararles toda la verdad.

En tan amargo trance, cerró los ojos y abordó á su mujer con estas palabras, por toda introducción:

—¿No se te ha ocurrido jamás la idea de que podía llegar un día en que, por la adversidad de la suerte, ó por la imprudencia de los hombres... y de las mujeres, ese filón que viene surtiéndote de oro sin tasa se agotara de repente?